LA VOZ DE LA ALTANERÍA

Javier Zulueta: el susurro de La Maestranza y la promesa del tiempo detenido

Por Aitor Vian
miércoles, 5 de agosto de 2026 · 08:33

Hay toreros que se forjan en la dureza de la necesidad y otros que, sencillamente, parecen brotar de la misma arena que pisan. El caso de Javier Zulueta pertenece a esta segunda e insólita estirpe. Criado bajo la sombra protectora de la Giralda y mecido por los ecos de la Real Maestranza de Caballería —allí donde su sangre y su apellido ya formaban parte de la liturgia del paseíllo—, este joven matador sevillano no solo ha respirado el toreo desde la cuna, sino que lo ha interiorizado como un sacerdocio. Su irrupción es, para el aficionado purista, como encontrar un oasis de aguas mansas en medio de la vorágine.

Hablar del concepto de Zulueta es adentrarse en el territorio de la caricia. En una época donde el escalafón a menudo peca de un exceso de revoluciones, buscando el aplauso a través del despliegue físico o el arrimón trepidante, el sevillano ha venido a recordar que la tauromaquia es, ante todo, un ejercicio de armonía. Su toreo no grita; susurra. Posee ese don innato que no se enseña en ninguna escuela: la naturalidad y el empaque. Cuando abre el compás y ofrece el capote, las muñecas se le duermen, trazando lances que huelen a incienso y a río Guadalquivir.

Esa misma despaciosidad se traslada al último tercio. Javier Zulueta busca torear encajado, con el medio pecho por delante y hundiendo el mentón. Su trazo al natural persigue esa profundidad que solo se alcanza cuando el alma se abandona y el cuerpo pierde la rigidez. Es frágil y solemne al mismo tiempo, un cristal tallado a mano que necesita de la bravura rítmica y enclasada del animal para mostrar, sin violencias, todos sus destellos estéticos.

Pero el camino del toreo de arte es un sendero angosto y lleno de celadas. El sistema taurino actual, a veces demasiado impaciente y devorador de novedades, debe comprender que lidiadores con este perfil estético no pueden ser sometidos a las mismas urgencias aritméticas que el resto. A toreros como Zulueta hay que esperarlos, cuidarlos y medirlos por el quilate de sus obras, no por el mero número de trofeos en el esportón. La afición de Sevilla, sabia y exigente, ya lo mira de reojo como el heredero natural de su escuela, pero es la Fiesta entera la que debe proteger el patrimonio inmaterial que reside en sus yemas.

Javier Zulueta es la vigencia irrenunciable de la gracia sevillana. Es la promesa intacta de que el toreo clásico, despojado de tirones, sigue siendo el argumento más conmovedor que puede obrarse en un ruedo. El escalafón aguarda expectante la maduración de este diestro tocado por la varita de la elegancia. Porque cuando Zulueta torea despacio, no solo somete la embestida del animal; acaricia la memoria viva de una ciudad que sabe, mejor que ninguna otra, cómo detener el segundero de los relojes.