LA VOZ DE LA ALTANERÍA

Iván Abásolo: la fe inquebrantable y el roble torero de Orduña

Por Aitor Vian
miércoles, 26 de agosto de 2026 · 09:44

En la geografía verde y abrupta de Bizkaia, allí donde la bruma abraza las cumbres del Txarlazo y la humedad del Cantábrico forja caracteres de hierro, la vocación taurina es casi un acto de rebeldía. Nacer y querer ser torero en Orduña, lejos de las dehesas cálidas del sur y de las rutas habituales del campo bravo, exige una pasión que roza la heroicidad. De esa tierra de reciedumbre ancestral, que atesora una afición tan solemne como exigente, brotó la figura de Iván Abásolo, un matador que encarna a la perfección la estoica resistencia del toreo en el norte.

Forjarse en estas latitudes implica asumir desde el primer muletazo que el camino estará empedrado de inviernos largos y silencios pesados. Sin embargo, Abásolo nunca buscó excusas en su código postal. Como él mismo transmite en esta nueva etapa en la que empieza a ir de sobresaliente a las corridas de toros, las ganas y la afición inmensa le pueden, muchas veces, a la pura lógica. Ese paso humilde pero cargado de torería no hace sino refrendar que su trayectoria es el triunfo absoluto de la voluntad, un esfuerzo titánico por reivindicar que en las venas vizcaínas también corre la sangre caliente del toreo. Aquella anhelada alternativa en la plaza de su Orduña natal —una proeza organizativa y sentimental— no fue el punto final de un sueño, sino el inicio de una batalla aún más cruda frente a los despachos y el implacable sistema taurino.

El concepto de Iván Abásolo es fiel reflejo del paisaje que lo acunó: sobrio, firme, carente de artificios y cargado de una verdad desnuda. No es un lidiador de estridencias, sino un hombre de plantas asentadas que concibe la profesión desde un respeto reverencial a la liturgia. Frente a la cara del toro, el diestro vizcaíno despliega una tauromaquia de valor seco, de toque recio pero con la intención constante de alargar la embestida y someter al animal por abajo. Su toreo tiene el poso de quien sabe lo que cuesta vestirse de luces, valorando cada lance como si fuera el último y entregando el pecho con una honestidad que no admite trampas.

Es una constante dolorosa en el toreo contemporáneo que la maquinaria del circuito margine a matadores de su perfil. El escalafón actual, que tantas veces peca de inmovilismo, suele cerrar las puertas a esos héroes modestos que sostienen con su afición la base piramidal de la Fiesta. Abásolo ha tenido que conocer la dureza del ostracismo, tragando quina en las largas travesías por el desierto, pero manteniéndose en la trinchera con la dignidad intacta, entrenando en la soledad y esperando el resquicio para poder reivindicar el nombre de Bizkaia en los carteles.

La tauromaquia necesita cuidar de estos bastiones geográficos y espirituales. Privar de oportunidades a un torero con su inquebrantable tesón es darle la espalda a la universalidad del rito.

Iván Abásolo es el roble vizcaíno que se niega a doblarse ante la adversidad. Es el orgullo de Orduña y el testimonio vivo de que la llama del toreo sigue latiendo con fuerza en el norte. Un matador que ha hecho de la paciencia su mejor muleta y del valor, su escudo. Porque cuando un hombre defiende su vocación con tanta pureza y contra tantos elementos, el toreo tiene la obligación ética de concederle la arena y el toro para que su verdad solemne vuelva a brillar bajo el cielo.

 

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