LA VOZ DE LA ALTANERÍA

Antonio Puerta: el clasicismo forjado en la luz de Cehegín

Por Aitor Vian
miércoles, 22 de julio de 2026 · 08:36

En el levante peninsular, allí donde la luz del Mediterráneo baña la huerta y el sol calienta los cerros del noroeste murciano, florece una afición taurina de una pasión desbordante. Cehegín, tierra de honda raigambre torera y de un coso centenario esculpido en la historia, es el refugio vital y espiritual de Antonio Puerta. En un territorio que a menudo exige el triunfo rotundo y la entrega apasionada, este matador ha decidido erigir su tauromaquia sobre los pilares insobornables de la elegancia, la verticalidad y un clasicismo que no entiende de estridencias.

Quienes han seguido de cerca su trayectoria saben que Antonio Puerta estaba llamado, desde sus albores como novillero, a ser el faro estético de la tauromaquia murciana.

Su esperada alternativa en la emblemática plaza de La Condomina de Murcia, en la Feria de Septiembre de 2015, fue todo un acontecimiento. Recibir la borla de manos de una máxima figura como El Juli, con Miguel Ángel Perera de testigo, no fue un regalo al paisanaje, sino la confirmación de que en sus muñecas habitaba un toreo de alta escuela. Aquella tarde, Puerta dejó patente que su traje de luces no venía a rellenar carteles, sino a firmar obras de arte.

El toreo de Antonio Puerta es una reivindicación del buen gusto y la simetría. Carece por completo de aspavientos, de ese toreo periférico que busca el aplauso fácil de las solaneras. Lo suyo es la hondura.

Cuando coge la sarga, busca el encaje perfecto, presentar los vuelos con delicadeza y tirar de la embestida con la figura desmayada. Su gran tesoro es la mano izquierda; al natural, el ceheginero es capaz de ralentizar el tiempo, vaciando el muletazo detrás de la cadera con una cadencia que lleva implícito el aroma inconfundible del "toreo caro".

Sin embargo, el destino de los toreros de corte artista suele estar sembrado de espinas. El sistema actual, convertido en un embudo implacable donde solo caben las matemáticas del triunfo diario y el sota, caballo y rey de las ferias, ha sido injustamente severo con él. Antonio Puerta ha tenido que conocer el reverso de la medalla: las largas travesías por el desierto, la escasez de oportunidades en las plazas de primera y el silencio ensordecedor de los despachos. Pero en esa gélida sala de espera, lejos de vulgarizar su concepto para mendigar contratos, se ha enrocado en su pureza, macerando su arte en la intimidad del campo bravo.
La Fiesta comete un pecado de lesa majestad cuando condena a la penumbra a lidiadores con este empaque. Las ferias necesitan respirar, necesitan recuperar el misterio y la estética de matadores que, como Puerta, conciben cada paseíllo como una liturgia y no como un mero trámite industrial.

Antonio Puerta es la seda escondida en el sureste español. Es el triunfo del temple aguardando su momento de justicia. Su estoicismo silencioso y la belleza innegociable de su trazo son argumentos que claman por regresar a los grandes escenarios. Porque cuando el arte es de verdad, como el que fluye de sus muñecas, solo hace falta que se abra la puerta de los chiqueros y salga el toro propicio para que el toreo recupere, de un plumazo, toda su grandeza y majestad.