FIRMA INVITADA
El triunfalismo daña al toreo
Por: Antonio CepedelloEl triunfalismo no es bueno en ninguna profesión ni en otras facetas de la vida, pero menos aún lo es en el toreo, y más todavía si se trata de una manifestación falsa e interesada por distintos motivos.
Engañan y perjudican más a la Tauromaquia en general los que cada tarde están viendo la “corrida del siglo” que los que no se amedrentan al señalar los hechos y circunstancias que no les han gustado de cada lidia.
La crítica es la que siempre nos permite corregir errores, mejorar y, por tanto, progresar y apoyar de verdad a nuestro arte legendario, siempre que sea constructiva y no llevada tampoco por oscuros intereses personales, sobre todo los económicos, como ocurre muchas veces en el extremo contrario con los falsos elogios y las hipócritas alabanzas.
Nuestro rito milenario se mantiene desde hace siglos gracias a que aficionados valientes, los que lo aman de verdad, han sido capaces de indicar los errores o fallos que podían corregirse y los que debían cambiarse, sin perder su esencia original, para hacerlo más grande y universal.
Si siempre hubieran imperado los especialistas actuales en pronunciar panegíricos, que en cada corrida califican las faenas que hagan falta como “históricas”, estaríamos todavía a lanzazos contra los toros, por lo que esto habría desaparecido por su falta de consistencia, adaptación y atracción.
Y si damos un salto en la Historia y nos situamos en el inicio del toreo a pie, nunca habríamos podido disfrutar de esa belleza sublime de ver a un hombre, con los pies bien asentados y quietos en el ruedo, llevar, mandar y dirigir muy despacio, cerca y templado, con solo un trapo, al animal más bravo de la Tierra. Es decir, convertir una histórica lucha salvaje entre dos especies en una danza tan excelsa como efímera.
No podemos alabar y ensalzar el toreo despegado, al hilo, con el pico de la muleta, sin cruzarse ni cargar la suerte, o las estocadas y banderillas mal ejecutadas y colocadas, porque ello va en contra de todos los principios y criterios que los dos grandes revolucionarios del toreo, Joselito “El Gallo” y Juan Belmonte, establecieron hace ya más de un siglo.
Y lo hicieron gracias a que observaron y buscaron los defectos y aspectos mejorables de la Tauromaquia anterior. Es decir, porque fueron críticos constructivos. Porque, si no lo hubieran sido, el gran espectáculo actual sobre el albero no sería posible. Y, en principio, fueron criticados e incomprendidos por ello, pero al final se impuso la lógica en cualquier arte y otras disciplinas, que no es otra que defender la mayor verdad y autenticidad posibles.
No podemos apoyar técnicas de toreo que supongan un menor riesgo para el diestro, porque la base de nuestro rito es buscar el mayor peligro posible y superar el miedo que ello supone. Porque ya no es un enfrentamiento, pero sí un encuentro para alcanzar el éxtasis que supone sobrevivir en una situación tan extrema como la que se vive en el albero.
Los toreros son héroes y no magos o actores, que simulan la realidad, sino que se enfrentan a ella de frente y tal como es, sin fuegos de artificio. Cuanto más duro sea este reto voluntario, muchísimo mejor para alcanzar lo que queremos ver los espectadores y aficionados, y lo que desean alcanzar los protagonistas de esta breve e inigualable odisea.
Esto no supone buscar o provocar el suicidio del diestro, sino todo lo contrario. La vida debe resurgir cada tarde del peligro de muerte más inminente y presente.
El toreo es algo similar a desafíos del hombre cada vez más habituales, que antes eran considerados como “locuras”, pero que ahora comparten y aplauden muchos. Entre ellos están, por ejemplo, subir a picos de montaña donde no se nos ha perdido nada y por el camino más difícil, o recorrer cuantos más kilómetros mejor, sin otro interés que superarse a uno mismo.
Son actividades que se han impregnado de la esencia antimaterial y metafísica de la Tauromaquia, porque muchos han comprendido también que no solo de pan vive el ser humano, ni que todo se puede basar en que dos más dos sea cuatro. Los sentimientos también existen.
Como no cortemos este contraproducente y falso triunfalismo, que inunda ahora el mundillo de los toros, perderemos poco a poco y sin pausa el nivel y la magnitud artística y ritual que los festejos taurinos han alcanzado, al lograr convertir la lidia en una danza ceñida entre la vida y la muerte, donde los pitones pasan lo más cerca posible de un cuerpo humano, lo que compone una escena y una secuencia llena de valor y grandiosidad.
Una imagen y unos breves momentos que nos hacen saltar nuestros sentimientos y emociones, hasta hacernos llorar y ponernos la piel de gallina. Gracias a las críticas de nuestros antecesores se acabó con una mera lucha o combate por la supervivencia, que en las circunstancias de la civilización humana de entonces tenía sentido, pero que ya sería absurda e injustificada.
Los críticos en la Tauromaquia no pueden ser otros que quienes la conocen y la aman con honestidad, porque al público en general y a los espectadores ocasionales en las corridas no se les puede exigir que diferencien lo bueno de lo malo para que el toreo progrese, porque no tienen criterio para ello por desconocimiento.
Es el aficionado taurino puro, sin más intereses que su santa devoción, quien debe vigilar para que se cumplan los valores, normas y principios fundamentales de nuestra disciplina artística sin parangón.
Entre ellos tienen que estar todos los presidentes de las plazas, empresarios y profesionales del toro. Es mucha la responsabilidad que tenemos entre todos para mantener la seriedad en nuestro rito milenario, adaptado siempre a los tiempos, porque así es la única forma de consolidar y garantizar el futuro de nuestro arte universal y de continuar con esta maravillosa manifestación humana legendaria.
Así sea.