EN CORTO Y POR DERECHO

Cambia el toro y todo cambia

Por: José Carlos Arévalo
viernes, 4 de septiembre de 2026 · 09:02

Las corridas hay que verlas... y escucharlas, me dijo Borja Domecq Solís, hombre de trato llano e inteligencia antigua. Y añadía: “Yo veo mis toros escuchando al público y sé el camino que debo tomar”.

Pero como yo no soy ganadero, a veces escucho al público y tardo en aclararme. ¿Por qué antes el olé rugía jaleando muletazos imperfectos pero muy toreados y ahora a pases perfectos, poco toreados, los acompaña el silencio?

Soy de la opinión de que los aficionados, uno a uno, nos equivocamos muchas veces y que el público, no el aficionado, sino la suma total de aficionados y espectadores, se equivoca menos. Cuando estalla el olé de miles de personas al mismo tiempo, con exactitud milimétrica y entonación acorde al toreo que lo provocó, pienso que el público no ha cambiado, como aseguran algunos.

Sin embargo, otras veces me desconcierta el desajuste entre el toreo visto y lo escuchado. Recuerdo la simpatía desbordante que provocó el toreo de Espartaco en Sevilla, uno o dos días después de que Paquirri muriera en Pozoblanco, y la frialdad con que hoy se recibe cuando un torero torea de la misma guisa.

¿Qué ha cambiado? Ha cambiado el toro. Aquel toro fibroso, de embestida incierta, hacía estallar el olé cuando el toro se prendía con agresividad y sumisión a la muleta del sevillano. Aquella tarde, o mañana, no recuerdo bien, Espartaco no cortó orejas, pero todo el mundo supo que se había convertido en figura del toreo.

¿Qué ha cambiado, de ayer a hoy, en la percepción del toreo? ¿El público o el toreo? Ninguno de los dos. Ha cambiado el toro. Más viejo, cuatreño pasado o cinqueño, más bravo pero más cargado de kilos y, por tanto, más lento, fijo y previsible, provoca ese toreo sin olé, de geometría perfecta pero vacío de sentimiento.

O, por el contrario, elige un nuevo tipo de torero y de toreo. En la actualidad, un grupo de diestros a los que yo denomino “la generación del temple”, toreros con grado superior al de los pasados “toreros artistas”, que en realidad eran geniales artistas y mediocres toreros. De ahí que la generación del temple, con muy buenos toreros y geniales artistas, los haya superado.

Diestros como Juan Ortega, la más inspirada suma de arte y temple, capaz de atemperar a un toro de salida y al segundo lance; o como Pablo Aguado, la naturalidad más torera, el bienvenidismo asevillanado, son ya toreros emblemáticos de la generación del temple.

Grupo en el que incluyo a Daniel Luque, el temple más poderoso del toreo, y a Roca Rey, creador de las más inverosímiles embestidas, los dos mejores toreros del escalafón, así como suena, excepción hecha de Morante de la Puebla, que hace y dice el toreo más allá del bien y del mal.

Este año, el caso del cigarrero es verdaderamente insólito, porque el aficionado ha tenido la suerte de que el de La Puebla no la tuviera en los sorteos. Y así ha visto lo nunca visto: lidiar con arte y torear con maestría. En la lidia es un maestro del pasado y, en el toreo, un artista del presente.

De manera que al torero lo elige el toro, incluso hasta lo proscribe. Por ejemplo, la generación del temple tiene un torero proscrito, tan bueno y con tanto temple como los encumbrados: Álvaro Lorenzo. Pero repito, proscrito. ¿Por el toro o por la mediocridad taurina que nos asola?

Sí, el toro manda, el toro elige al torero. Y cuando cambia el toro, cambia el toreo. Sin ir más lejos, un torero del pasado mencionado al comienzo de estas líneas, Espartaco, tiene la continuidad de su toreo personificada en Borja Jiménez, pero matizada por el toro más bravo y más fijo del presente.

Cuando veo torear al nuevo torero de Espartinas, veo torear a un Espartaco quizá con menos maestría, pero con más arte. Su actual temporada me parece la más fuerte de todo el escalafón. Eso sí, tapada por su deficiente uso de la espada.

Conclusión: cuando cambia el toro, todo cambia. Curioso: el público se adapta con lucidez instantánea. Los aficionados tardamos un poco más.