EN CORTO Y POR DERECHO
Morante, siempre Morante
Por: José Carlos ArévaloEl toreo verdadero es el que no se puede contar, el que es imposible traducir a palabras. Exactamente, el que hizo Morante de la Puebla en Aranjuez, el domingo 6 de septiembre de este morantiano año 2026. Y por eso, este será un artículo frustrado. Pero yo no tengo la culpa, la tiene Morante.
Además, en mi descargo confieso que nunca me consideré un buen crítico taurino. Hice críticas porque en una redacción a veces toca hacerlas. Pero siempre a contrapelo. Incómodo por criticar lo que no se puede verificar. Enmendar la plana al torero cuando el toro está muerto y no puede desmentir al escribidor es jugar con ventaja, y eso no me gusta.
Otra cosa es saber contar esos hechos imprevisibles que se ven en una plaza de toros más que en cualquier otra parte. Hechos que, en el caso de Morante, son tan imprevisibles como esperados.
Lo de Morante en Aranjuez tuvo ese sello. A nadie le extrañó lo que pasó, pero todos se fascinaron con lo que pasó. ¿Y qué pasó? Pasó que, afortunadamente, Morante tuvo mala suerte en el sorteo. Es cierto que la de sus compañeros no fue mejor. Pero el caso de Morante es distinto a todos, porque su mala suerte en los sorteos es buena suerte para el aficionado en la plaza.
Ya se advirtió con el primero, el menos malo de la deslucida corrida. Un toro soso, de embestida estúpida, que pasaba pero no embestía. Un toro que con cualquier otro torero aburre a las ovejas y al que Morante puso todo lo que le faltaba: la sal comedida, la gracia elegante y, a la postre, el toreo verdadero. De modo que la gente pasó de la frialdad a la sorpresa y de esta a un entusiasmo coronado por un buen volapié.
Pero no fue más que una buena lidia a cargo de una figura del toreo. Lo extraordinario vino con el cuarto toro, un ejemplar serio, bien armado, pronto y desconcertante en su embestida. Y esto fue lo bueno, porque le provocó al maestro sacar un concepto propio de la lidia y el toreo que lo sitúa junto a sus pares, los grandes maestros del siglo XX.
Y no me refiero a los grandes intérpretes, grupo del que también forma parte. Hablo, con la terminología de José Alameda, de los arquitectos del toreo. De toreros como Rafael el Gallo, Joselito, Florentino Ballesteros, Juan Belmonte, Chicuelo, Manolete u Ojeda, cuyas aportaciones han sido determinantes en la evolución del arte de torear.
Al respecto, Morante es el último eslabón de una aventura estética evolutiva que, a las tres normas —parar, templar y mandar— con las que Belmonte funda el toreo moderno, les añade la muy meritoria y muy olvidada aportada por Manolete: el aguante.
Pero no un aguante de tragantón, sino pleno de inteligencia lidiadora. Porque el cuarto toro era un misterio: bravo, pero a la defensiva; embestía, pero poniendo condiciones; metía la cara en la muleta y se paraba en el embroque; y, si pasaba, reponía antes de salir de la suerte. O sea, que era un bravucón listo, disuasorio.
Mas no para Morante, pues a su listeza respondía con superior inteligencia y más valor. Hay que tener un valor indecible para citar a tan avispado torancón tan en corto, donde el toro te huele hasta el miedo, pero embiste.
Hay que tener una destreza helada para hacerlo al hilo, donde el toro ve más, y en este caso mucho más, porque el cite era con la muleta algo retrasada, para no mosquear al suspicaz bicho y así dejarlo llegar hasta casi tocarla y embarcar su cautelosa embestida.
Sabiendo que un segundo después el toro se detendrá un instante nada más pasar el segundo muslo, pero que, sangre fría y corazón caliente, un sutil bamboleo de muñeca avivará los vuelos de su muleta. El toro los buscará y el natural morantino, largo y barroco, misterioso y luminoso, acariciante para la embestida y convincente para el toro, aparecerá entonces en toda su dimensión.
Pues exactamente así, tan hondos, tan hipnóticos, fueron los que ligó el maestro de La Puebla en dos largas series que el público vivió de pie, embargado por un éxtasis bravío, hasta que una catártica estocada lo devolvió a la realidad, una realidad plena de luz cuando caía la tarde.
Antes mencioné a los arquitectos del toreo, que lo son por lo que hacen al toro, pero no mencioné el nombre de los grandes intérpretes del toreo, que lo son por cómo lo hacen. Y hago la distinción porque Morante es, con la misma intensidad, un gran arquitecto y un gran intérprete del toreo.
Tiene el valor de Ojeda y el arte de Paula, la profundidad de Ordóñez y la naturalidad de Bienvenida, los sonidos negros de Cagancho y el temple de Ortega. Este tío es absolutamente insoportable. Menos mal que su montera, con dos borlas colgonas, no me gustó nada.