EN CORTO Y POR DERECHO
A propósito de Morante recuerdo a otros toreros
Por José Carlos ArévaloVivimos la década morantiana del toreo. De la fronda inmensa de suertes, olvidadas, marginadas, enterradas hace tiempo, o del toreo vigente, el que nunca muere, ha creado una tauromaquia. Y la ha convertido en estilo, el más íntimamente suyo: Ha tatuado las suertes con su sello más personal. Y de todas ellas la que más me ha fascinado ha sido la que podríamos calificar de eterna, el pase natural.
Sucedió esta temporada, en Aranjuez, durante la faena de muleta al tercero de la tarde. Un trasteo con un argumento inequívoco, responder a un faenón de Pablo Aguado por el que le dieron dos orejas y rabo. Pues bien, en esa faena, que no buscaba trofeos sino la excelencia para que las cosas quedaran claras, hubo una serie de naturales, con la muleta cogida casi por la punta del estaquillador, caída y recogida como un paraguas y deslizante como una lágrima, con la embestida prendida, acariciada, templada en los vuelos, en los que el torero se contemplaba tanto como toreaba, porque de ellos se abría una sonrisa que fluía a partir del embroque, encendida por el temple, disfrutada por el trazo, explicada al tendido para decirle, el toreo es una geometría con alma.
No sé si es la vez que he visto torear mejor por naturales. Pero sí sé que los hubo iguales, aunque no mejores. Y, sin embargo, luego pensé en otros toreros. Y recordé.
Recordé unos naturales de Camino al toro de Ibán, templados, largos, hondos, en los que el toreo succionó la inagotable bravura del toro hasta dejarlo seco y al tendido exhausto. Aquello fue el toreo en su máxima expresión y la lidia con su máximo sentido. Al bravísimo “Ibán” solo le quedó una embestida, la precisa para un volapié definitivo.
Recordé, la primera vez que vi a Ojeda, los naturales que precedieron a un pase de pecho forzado, en el que se rompió la lógica espacial del toreo, pues el diestro no movió sus clavados pies en la arena mientras el toro hacía un “ocho” inaudito, ilógico, imposible, que rompió la plaza en dos. Pero los naturales que lo precedieron tuvieron una descomunal hondura belmontina. La furia de la bravura se fundió con el temple al rojo vivo, un canto a la belleza desde el fondo del abismo, los lorquianos sonidos negros, desgarrados y bravíos. como una solear de Triana quebrada por Caracol, el arte troncal del andaluz profundo. Aquella tarde me dije: Nunca vi torear a Juan Belmonte, pero hoy he visto a Paco Ojeda.
Recordé seis naturales de Antonio Bienvenida en la plaza de San Sebastián de los Reyes, la naturalidad sin adjetivos que la limiten, la elegancia suma sin pretensión de serlo, la felicidad extasiada de hacer el toreo como se sueña y un deje de melancólica hondura porque el toreo nace y muere al mismo tiempo. Nadie, nunca, ha toreado así. Un día habrá que hablar de los toreros sevillanos que no nacieron en Sevilla.
Recordé aquel toro que se movía con peligro pero que no quería embestir. Era sincero, veía más al torero que a su engaño. Y vuelvo a ver a José Tomás, citarlo cerca de la boca de riego, a unos diez metros de distancia, con la muleta adelantada, desnuda, y oigo de nuevo el silencio de Las Ventas cargado de malos presentimientos. Y vuelvo a ver su galope turbio, arrogante y sobrado, y veo la soledad del torero a la intemperie y el estallido del toro en el embroque y la eficacia de la sinceridad frente a la maldad y oigo el ole desgarrador y veo cómo la inconcebible unión del arte y la muerte transforma la agresión maligna en embestida pastueña, y descubro, a partir del embroque, que la acometida se atempera y que al llegar el natural a su remate, prosigue un tramo más, largo, suave, intenso, que lo convierte en sobrenatural y cómo los oles suenan a canto y llanto. Y me digo, nadie, nunca, ha toreado así con la mano izquierda.
Pero recordé a Romero, el día del diluvio, cuando no quiso suspender para torear el segundo toro de Antoñete, a quien su primero había mandado al hule. Y mi memoria resucita cinco naturales en uno, ejecutados en el azulejo de un chotis, toreados con el pecho, mecidos con el brazo, ligados con la muñeca rota, vigilados por una mirada nublada y perdida. Sí, cinco naturales fuera de la ley a los que el dios antitaurino, si acaso existe, castigó cubriendo de acero la piel del toro.
Y recordé a Chenel. Su andar despacioso, mayestático, de ir al toro que. en el otro extremo de la plaza, lo espera enhiesto, encampanado, fijo. Y recordé que Antoñete se paraba a media distancia, la colocación perfecta, semi cruzada; la muleta adelantada en el primer cite, tan solo presentada sin necesidad de ”toque”, y el galope presto, fijo en el engaño, y un primer natural corto, vaciado hacia dentro, con un objetivo, la reunión. Porque los vuelos desplazaban la embestida hacia afuera, de modo que el toro fuese dueño de la elegante, amplía circunferencia que alegraba su embestida. Y entonces, sí, la muleta, algo retrasada, muerta porque el toro venía toreado antes de lo toreara el hilo invisible del temple, que lo acogía, lo prendía en el engaño sin que llegara a tocarlo, con una cadencia de cristal que fundía la bravura y el toreo, coreados por un ole largo, templado, profundo, imantado por el bellísimo vuelo de la franela, fascinado por el tronco asentado del matador, mástil inteligentísimo del toreo. Era la magia del segundo muletazo, la gran creación de Manolete, rondeña y profunda en Ortega (Rafael), luminosa, versificada por Antoñete con el acople más acompasado de la historia del toreo.
Y me callo. Y reprimo los naturales irreales de Roberto Domínguez al toro de Aldeanueva, en Valencia, y los naturales celestiales de Guillermo Capetillo al toro de Cerro Viejo, en la Plaza México. Y no les hablo del rey del toreo, Antonio Ordóñez, porque toreaba mejor con la mano derecha. Y me olvido del Viti, el torero más hondo que vieron los ruedos, aunque toreara mucho mejor con la izquierda.
Pero con estos pocos recuerdos y otros muchos olvidos quiero decir que sí, que vivimos la justamente llamada década morantina. Ahora bien, con la misma certeza afirmo que Morante no es el mejor torero de la historia, porque ese torero nunca existió ni existirá. Y lo digo yo, que no soy sospechoso y acabo de escribir un libro titulado “El Toreo de Morante de la Puebla”. Por lo demás, ¿sería injusto denominar nuestro tiempo como el de la generación del temple, el de los Luque, Fortes, Ortega, Aguado, Lorenzo, Miranda? Una vez más evoco la declaración inapelable de Rafael Ortega “Gallito”: “El mejor aficionado es aquel a quien más toreros le caben en la cabeza”. Amén.