FERIA DE LA VIRGEN DEL PUERTO

La excelsa mano izquierda de El Cid y el arrollador arsenal de Colombo en Santoña

Toros de Antonio Bañuelos para Manuel Jesús "El Cid", Manuel Escribano y Jesús Enrique Colombo
martes, 8 de septiembre de 2026 · 12:44

Rompió plaza un ejemplar de Bañuelos de imponente lámina y honda romana. Una seriedad y un volumen —superando con creces la media tonelada— que desbordaban los márgenes lógicos de la categoría del coso santoñés. Salió abanto el toro, frío y desentendido de las suertes en un primer tercio huérfano de fijeza. En la suerte de varas se metió por el pecho del caballo, empujando bajo el peto para recibir un castigo asaz sutil, apenas un rasguño.

Manuel Jesús, 'El Cid', entregó su montera a los tendidos de Santoña. Es esta una de sus plazas talismán; un idilio inquebrantable el del torero de Salteras con la afición cántabra, que lo idolatra como a un hijo pródigo. Y allí, bajo el telón gris de un aguacero inclemente, floreció el toreo. Tuvo el de Bañuelos la virtud suprema de la clase y una nobleza de seda que pedía mimo. El Cid ofició de sabio administrador de las alturas y las distancias: hilvanó las series llevando al animal siempre largo, embarcando la embestida sin llegar a asfixiarle por abajo. La obra discurrió con una limpieza inmaculada, sin que un solo tropiezo o enganchón rasgara la pulcritud de los trazos, adornada en sus remates con molinetes de un regusto exquisito y añejo.

Todo apuntaba al trofeo, pero la espada viajó tendida y enfrió la rúbrica. El atasco posterior con el verduguillo —dos pinchazos previos antes del certero golpe definitivo— acabó por diluir el triunfo mayor. Sonó un recado presidencial desde el palco, y el balance quedó reducido a una ovación, un cálido reconocimiento a la torería derramada bajo la lluvia.

El segundo, otro toro de irreprochable presentación que volvía a superar con creces el listón del coso santoñés —hondo de hechuras, aunque de sienes estrechas—, negó de salida cualquier posibilidad de lucimiento con el capote. Manuel Escribano apenas pudo robarle alguna verónica suelta ante la abulia de su oponente. 

Empujó el astado en el peto, cobrando en el caballo un castigo tan sutil como medido. La tarde cobró vuelo y la plaza rugió en el tercio de rehiletes, donde Escribano invitó a compartir las banderillas a Jesús Enrique Colombo; ambos rivalizaron en facultades y exposición, asomándose al balcón y dejando pares de excelente factura.

Tras la ofrenda al cónclave cántabro, el de Gerena estructuró un trasteo de innegable oficio y madurez cimentado en la margen diestra. Por el pitón izquierdo aquello era una quimera: el toro venía descompuesto, áspero y al tran tran, huérfano de fijeza y certeza. Tampoco regalaba nada por el derecho, quedándose siempre corto y reponiendo, pero Escribano impuso su ley técnica. Consintió mucho, dejándole la tela roja siempre puesta, armada en la cara, tirando de la reacia embestida para alargar el viaje más allá de donde dictaba la condición del animal, llevándolo en todo momento muy tapado y toreado.

Entró a matar para dejar un acero trasero y tendido. Tardó en entregar su vida el burel, que llegó a levantarse de nuevo tras un inoportuno desacierto del puntillero. Sonó el aviso desde el palco antes de que el toro doblara definitivamente, propiciando la concesión de una oreja; un trofeo que venía a premiar, por encima de todo, la firmeza lidiadora y el tenaz esfuerzo del sevillano.

El tercero de la tarde, que mantuvo la tónica de la irreprochable presentación ganadera, se encontró de bruces con la efervescencia de Jesús Enrique Colombo. El venezolano se fue directamente al tercio para recetarle una vibrante larga cambiada de hinojos, prólogo a un saludo bullicioso que continuó desgranando airosos delantales y ceñidas chicuelinas. Aquel florido despliegue de pirotecnia capotera encendió los tendidos y puso a Santoña a batir palmas con fervor. En el caballo todo quedó en un mero trámite, saldado con un levísimo picotazo en el peto. Volvieron a medir facultades Colombo y Escribano en el segundo tercio, devolviéndose la cortesía para cuajar un vibrante espectáculo con los rehiletes, de mucha exposición y brillantez en la ejecución de los pares. Con el cónclave a favor, brindó Colombo al respetable y abrió la obra genuflexo, torero y poderoso, sometiendo al animal mediante doblones por abajo para sacárselo a los medios. Fue allí, en la boca del riego, donde afloraron los pasajes de mayor enjundia sobre la mano diestra; el toro humillaba, sí, pero adolecía del don supremo de la clase en sus finales. Su fondo, además, no tardó en vaciarse.

A medida que se consumía la faena, el astado afloró su mansa condición, buscando el refugio de las tablas y descomponiendo la embestida con un cabeceo áspero. La obra mutó entonces en un tenaz cuerpo a cuerpo. Ante un marmolillo cada vez más parado, Colombo tiró de oficio y tesón para arrancarle los pases con fórceps, de uno en uno, exprimiendo hasta la última gota de un pozo seco. Clausuró su labor en un alarde de entrega, con un espectacular desplante arrojando los trastos sobre la arena. Se fue a por la tizona y dejó un pinchazo como preludio a una media estocada agarrada. Con el verduguillo se atascó, cobrando dos marronazos antes de acertar con el definitivo y certero golpe. La parroquia santoñesa reconoció la voluntad inquebrantable del venezolano tributándole una cálida ovación.

El cuarto mantuvo el irreprochable guion de la imponente estampa ganadera. Un astado con cuajo y trapío al que Manuel Jesús 'El Cid' saludó meciendo el capote, dejando el aroma inconfundible de unas templadas y rítmicas verónicas. Rompió de verdad el de Bañuelos en el tercio de varas, donde se empleó con celo y empujó con los riñones bajo el peto para cobrar un severo puyazo. La eclosión de la obra mayor, el toreo en su máxima expresión, floreció en el último tercio y al natural. Prácticamente la totalidad de la arquitectura del trasteo orbitó sobre un pitón izquierdo de excelsa y profunda clase. Y allí, sobre el albero cántabro, emergió de nuevo la portentosa y gobernante mano zurda de El Cid; esa izquierda prodigiosa, de vuelos arrastrados y trazo hondo, que tantas páginas de gloria ha escrito en la historia contemporánea del toreo. Todo fluyó por abajo, preñado de temple y despaciosidad. Supo además el maestro de Salteras administrar los ritos y los tiempos con infinita sabiduría, oxigenando al animal, concediéndole su espacio entre tanda y tanda para cuajar y redondear una faena de incalculables quilates.

Fue de tal dimensión y enjundia el magisterio desplegado sobre la arena, que el triunfo rotundo era ya irrefrenable. Poco importó que la tizona dejara un pinchazo previo a una estocada caída. El cónclave, absolutamente entregado a la causa, impuso la concesión de las dos orejas para el torero y reclamó, con toda justicia, los honores póstumos de la vuelta al ruedo en el arrastre para el grandioso toro de Bañuelos.

Irrumpió el quinto en el ruedo bajo la lluvia, justo en el instante en que los cielos sobre Santoña decidieron desplomarse con la mayor virulencia de todo el festejo. Ya de salida, el de Bañuelos levantó un justificado coro de protestas en los tendidos: asomó con la vista estragada —un defecto visual evidente—, desclasado y con las fuerzas cogidas con alfileres. Por si fuera poco, en el peto sufrió un castigo de galeras, cobrando el puyazo más severo y ahondado de la tarde, a todas luces excesivo para un animal de tan endeble condición. Pese al aguacero y a la mansedumbre manifiesta de su oponente, Manuel Escribano no volvió la cara y protagonizó un digno tercio de banderillas, clavando tres buenos pares de rehiletes con total solvencia.

Ya con la pañosa, la obra fue un puro ejercicio de lidiador curtido frente a la embestida descompuesta, áspera y mortecina del astado. Tiró de oficio el sevillano ante un toro desfondado y de mirada incierta, empeñándose en la hombrada de robarle, casi por ciencia infusa, algún que otro natural de incuestionable mérito. Fue un trasteo sordo, de tragar paquete y hacer el esfuerzo frente a un pozo seco y sin fondo. La afición santoñesa supo calibrar la dimensión de la entrega y, cuando Escribano enfiló el camino de las tablas en busca del acero de verdad con la inteligente determinación de abreviar el trámite, la plaza rompió a aplaudir. Una estocada caída puso la rúbrica, y el balance se cerró con una cálida ovación que premió la incuestionable dignidad del torero bajo la lluvia.

Cerró plaza un sexto de encornadura cornigacha, el ejemplar que, tras el desfile de acorazados previos, más se ajustó a la morfología y el trapío lógicos de un coso de tercera categoría. Jesús Enrique Colombo lo saludó estirándose en un estimable ramillete de verónicas. El tercio de varas se administró con pinzas, despachado con un levísimo y sutil picotazo para preservar las escasas energías del astado. El cenit de la efervescencia llegó con los rehiletes. El venezolano es un vendaval atlético y lo volvió a demostrar, poniendo a la plaza de Santoña literalmente en pie tras clavar tres pares de rotunda y sincera exposición. El epílogo de este segundo tercio, un espectacular par al violín, terminó de desatar el delirio en los tendidos cántabros.

Llegados a la muleta, el toro cantó su orfandad de casta. Le faltaba fondo y, sobre todo, esa chispa de emoción imprescindible para que el toreo trascienda. Pero allí donde no llegaba la condición del de Bañuelos, desbordó la entrega de Colombo. El lidiador venezolano puso todo lo que le faltaba a su oponente. Con suma inteligencia, vertebró la faena a base de derechazos cortos, midiendo la exigencia para no quebrantar a un animal prendido con alfileres. Ese vacío de brío lo rellenó a base de conexión directa con los tendidos, salpicando el trasteo con vistosos adornos y vibrantes molinetes de rodillas que mantuvieron la temperatura del cónclave en ebullición. Para coronar la obra, se volcó sobre el morrillo para dejar su sello inconfundible: un estoconazo fulminante, contundente como un puñetazo, rubricando esa contundencia suprema con los aceros tan habitual en su tauromaquia. Un cañonazo que hizo rodar al astado sin puntilla y que puso en sus manos las dos orejas postreras de la tarde.

FICHA DEL FESTEJO

Santoña (Cantabria) .- Corrida de toros en honor a la Virgen del Puerto con toros de Antonio Bañuelos para Manuel Jesús "El Cid", Manuel Escribano y Jesús Enrique Colombo.

Manuel Jesús "El Cid", Silencio y Dos orejas;

Manuel Escribano, Oreja y Ovación;

Jesús Enrique Colombo, Ovación y Dos orejas;

FOTOGALERÍA HÉCTOR REY PRADA

 

 

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