NOVILLADA SIN PICADORES

El sublime trazo de Manuel Domínguez redime la tarde en Orozko a golpe de trincherazo y majestad

domingo, 6 de septiembre de 2026 · 23:59

Rompió plaza un ejemplar al que Manuel Domínguez saludó meciendo el capote en unas verónicas preñadas de temple, de purísimo trazo y vertical compostura. Pidió su turno en el tercio de quites el novillero salmantino Samuel Berdejo, replicando por el mismo palo del lance fundamental, a lo que respondió presto Domínguez en una intervención por chicuelinas que destiló torería y muy buen aire. Tras el brindis al cónclave, inició la obra llevándose al toro por bajo, sometiendo y enseñando los caminos hasta depositarlo en los medios. Allí topó la muleta con la cruda realidad de una embestida que no tardó en agriarse y descomponerse, colándose con sordina y soltando extraños con la mirilla apuntando al bulto. No tardó en cantar la gallina el animal, desvelando su mansa condición para rajarse con descaro hacia el refugio de las maderas. A la arquitectura de la faena, cimentada en la innegable naturalidad del torero, le faltó ese último milímetro de ajuste, el ceñirse los pitones a la faja que demanda el toreo caro; hubo pulso, sí, pero asomó cierto alivio a la hora de pasárselo por la faja. Pese a las precauciones, del trasteo brotó algún natural suelto de soberbio y hondo trazo. En la hora suprema, el manso se puso a barbear las tablas, atrincherado y negándose en redondo, lo que complicó un mundo la suerte. El calvario con los aceros se tradujo en un rosario de hasta seis pinchazos y una media estocada trasera, hasta que un certero golpe de verduguillo finiquitó la escena. Silencio.

Saltó a la arena el segundo, un ejemplar de Charro de Llen cogido con alfileres en su fortaleza. Samuel Berdejo apenas pudo hilvanar en el saludo capotero alguna verónica aislada, prendida, eso sí, de ese inconfundible y recio sabor charro de su tierra. Ya en la jurisdicción de la muleta, la obra tuvo que edificarse sobre la forzosa arquitectura del muletazo corto. Imposible llevarlo toreado más allá del embroque, pues el astado, descastado y ausente, se desentendía de los vuelos en cuanto remataba el lance para huir con descaro hacia el amparo de las tablas. A pesar de esa molesta condición de manso, de salir suelto y rebotado de cada suerte, al novillero salmantino se le adivinan muy buenas ideas. Atesora un concepto que logró cristalizar en alguna serie en redondo de incuestionable buen gusto, empapando de estética la huida del animal. Abrochó el trasteo por manoletinas antes de emprenderla con los aceros. Un pinchazo infame que hizo guardia en los sótanos precedió a una estocada de colocación tendida. El cónclave, sensible al empeño y a las formas apuntadas, le tributó una cálida ovación tras caer el astado.

Saltó a la arena en tercer lugar un ejemplar de imponente lámina, cuajado y con unas hechuras de mayor trapío que sus predecesores; un animal que por presencia bien habría pasado por utrero del escalafón con picadores. Lo saludó Manuel Domínguez lanceando a la verónica con un temple exquisito, meciendo el percal con una cadencia y unos vuelos que son rara avis en la novillería de nuestros días. El remate, una chicuelina de desmayado gusto, abrochó un recibo de cartel. Replicó en su turno el sobresaliente, Amaro Lidoy, recetando unas chicuelinas de ceñidísima factura. Con la montera calada y el aplomo recuperado, el sevillano descorchó el último tercio genuflexo, obligando por unos doblones por bajo verdaderamente sensacionales, preñados de dominio y sabor. A partir de ahí, brotó la naturalidad pura. Domínguez parecía un torero transmutado, a años luz de las dudas y las prevenciones de su primer turno. Gobernó la escena la despaciosidad. Todo se hizo a cámara lenta, ganando en ajuste y temple frente a un novillo que derrochó clase en sus embestidas. Por el pitón izquierdo florecieron naturales de una suavidad pasmosa, caricias de tela que crujieron los tendidos. Como aderezo a la rotundidad del toreo fundamental, surgieron molinetes invertidos y unos trincherazos profundos; una auténtica oda a la torería y a la majestad de la escuela sevillana. Echó el telón a la obra por estatuarias manoletinas. La espada, ese eterno talón de Aquiles, asomó primero en forma de media estocada caída, enmendada al segundo viaje con una casi entera, algo trasera pero de fulminante y letal efecto. Cayó en sus manos una oreja de indudable peso, premio que se habría duplicado sin discusión de haber viajado el acero certero a la primera. La paseó el espada luciendo la sonrisa pletórica y luminosa de quien ha paladeado el toreo y se ha sentido inmensamente a gusto ante las bondades de un gran animal.

FICHA:

Orozko .- Novillada sin picadores con novillos de Charro de Llen para Manuel Domínguez (Salmón y oro) y Samuel Berdejo (Blanco y plata). Actúa como sobresaliente Amaro Lidoy (Grana y azabache). Tres cuartos de plaza.

Manuel Domínguez (Salmón y oro), Silencio y Oreja;

Samuel Berdejo (Blanco y plata), Ovación

Incidencias: Actúa como sobresaliente Amaro Lidoy (Grana y azabache)

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