CIRCUITO DE NOVILLADAS DE ANDALUCÍA

Málaga eleva a los altares a Manuel Quintana, soberano vencedor del Circuito de Andalucía

Novillos de López Gibaja para Dennis Martín, Manuel Quintana y Julio Norte.
domingo, 9 de agosto de 2026 · 14:28

 

Rompió plaza la feria de Málaga bajo la implacable solanera. Un entradón casi milagroso para tratarse de una novillada; sin duda, el mejor de los augurios. Y no vino Julio Norte a especular con el ambiente. Se fue de frente a la puerta de los sustos, a porta gayola, para saludar al abreplaza con una larga cambiada por el pitón izquierdo, hilvanando después un cadencioso ramillete de delantales de finísimo trazo. Saltó a la arena malacitana un ejemplar de carita lavada, justito de arboladura para la exigencia de una plaza de primera categoría, si bien bajo de agujas y armónico en sus hechuras. En el tercio de varas, el astado dictó su verdadera condición y cantó la gallina: un manso de libro. Huyó del peto como de la peste, negándose a pelear, por lo que el castigo tuvo que ser administrado al relance, en dosis muy medidas y sin fijeza alguna. Con una fe inquebrantable, Norte brindó a los tendidos. Una apuesta curiosa, casi quijotesca, pues la condición rajada del manso no presagiaba horizonte alguno de gloria. Pero el salmantino se hincó de hinojos en los mismísimos medios y allí detonó un derroche de valor despótico, de torero mandón. Se lo pasó por la espalda, aguantando estoico unas miradas de escalofrío y unas embestidas mortecinas, de puro tran tran.

La obra fue un monólogo de inteligencia lidiadora. Norte tuvo que hacerlo absolutamente todo, tapando siempre las salidas, cosiendo al animal a los vuelos de la muleta. A la mínima que la faena pisaba la frontera de las querencias, el novillo amenazaba con la espantada. Era una papeleta envenenada, especialmente compleja para quien viene con el colmillo afilado a ganar un certamen, pero el charro brilló con una madurez lidiadora admirable. En el ruedo de La Malagueta no hubo un novillero, sino una cabeza privilegiada en la que ya late y maquina un matador de toros. Abrochó la epopeya con unas arrucinas ceñidísimas, de infarto. Sin embargo, en el epílogo, al intentar la rúbrica del pase de pecho, sobrevino la tragedia. El animal lo prendió de mala manera, con tremenda violencia, catapultando al salmantino en una pavorosa voltereta por los aires. Un vuelo espeluznante. Cayó a plomo, librándose de la cornada de milagro, pero cobrando una paliza brutal, de las que rompen los huesos y el aliento. Mermado y maltrecho, atacó con el acero para dejar una estocada algo tendida y caída. El calvario definitivo llegó con el verduguillo, atascándose hasta en cuatro ocasiones y haciendo sonar un recado presidencial. El aviso enfrió los tendidos, reduciendo el justo premio a una sentida ovación.

Saltó al ruedo el segundo de la tarde, y lo recibió Manuel Quintana echando las rodillas a la arena para recetarle una vibrante larga cambiada de hinojos. No quedó ahí la carta de presentación, pues acto seguido desmayó los brazos para mecer el percal y endosarle un ramillete de templadísimas verónicas, mecidas al compás del temple. En el tercio de varas, brilló el buen hacer de Espartaco, agarrándose arriba y dejando dos puyazos, cobrados en la yema y en el sitio exacto. Volvió a coger el capote el cordobés para intervenir en un quite, de nuevo por verónicas, lentas y cadenciosas, derrochando torería y un gusto superlativo por los cuatro costados de la plaza. Montera en mano, ofreció el trasteo al respetable. Rompió la faena de muleta con la clarividencia de quien sabe que abriga entre las telas a un animal de una clase y calidad inconmensurables. Lo entendió Quintana a la perfección: le dio sus pausas, administró los tiempos y lo midió en las distancias, toreando con una suavidad pasmosa. El astado descolgaba y embestía despacio, con una pastuosidad de ensoñación, pero el fondo tenía fecha de caducidad y, a medida que maduraba la obra, el viaje se fue acortando hasta pararse de manera irremisible.

A pesar de la falta de motor del animal, Quintana impregnó cada muletazo de un sello libérrimo y un gusto rebosante de personalidad. Hay en él, sin asomo de duda, un concepto distinto; es un torero de corte diferente, tocado por la gracia. Ante el nulo empuje del astado, costó un mundo hallar el hilo de la continuidad. Fue una obra de orfebrería, construida a regañadientes de uno en uno, desprovista de ligazón, pero de un empaque bárbaro, donde cada cite y cada remate atesoraba el regusto de lo caro. A la hora de la firma, el cordobés marró en el primer encuentro cobrando un pinchazo, que precedió a una estocada contraria de efecto fulminante. Rodó el animal sin puntilla y asomaron los pañuelos en los tendidos. Oreja de peso al pellizco y a la estética.

Saltó en tercer lugar un ejemplar de armónicas hechuras con el hierro de López Gibaja, al que Dennis Martin saludó desmayando los brazos para mecer el percal en un estimable ramillete de verónicas. Lo galleó luego para llevarlo a la jurisdicción del picador, adornándose con una vistosa larga afarolada en los medios y dibujando airosas chicuelinas al paso. El tercio de varas, sin embargo, fue un mero trámite, administrándosele al novillo dos puyazos muy sutiles, apenas señalados. La faena de muleta amaneció con nubarrones, pues la papeleta no se aventuraba nada sencilla. El astado sacó a relucir una condición áspera y bruta, reponiendo pronto y soltando derrotes secos al final del viaje; un animal deslucido que exigía tragar quina y ponerlo absolutamente todo. Y el almeriense no volvió la cara en ningún momento: se cruzó de manera irreprochable, ganándole el pitón en cada cite, y tuvo la gallardía de pisar los terrenos más comprometidos, yéndose a buscar al novillo a sus mismísimas querencias cuando este echó el ancla.

Ante la nula entrega y el nulo recorrido del animal, Martin decidió acortar las distancias hasta la asfixia. Tiró de heroica y terminó embistiendo él donde el de López Gibaja se negaba, calentando los tendidos a base de estoicos circulares y desplantes de rotunda valentía. Lástima que todo el pundonor derrochado naufragara en la suerte suprema. El calvario con los aceros se transformó en un auténtico viacrucis: dejó tres pinchazos y una media estocada que no bastó para que el animal doblara. Con el novillo amorcillado, sobrevino la agonía del descabello, atascándose hasta en siete ocasiones antes de asestar un golpe por fin certero. Sonaron, implacables, dos avisos desde el palco, y el tremendo esfuerzo del torero quedó en una ovación saludada desde el tercio.

Saltó a la arena el cuarto, un ejemplar de irreprochable lámina y seria presentación, al que Julio Norte saludó ganándole terreno, desperezándose y estirando la figura para apuntar, entre el manojo, alguna verónica de trazo suelto y encajado. En el peto, la suerte de varas fue un simulacro medido con cuentagotas: cobró un primer puyazo caído y un segundo apenas señalado, un peaje sutil y necesario para preservar la alarmante justeza de fuerzas que desde el principio cantó el astado. Con la pañosa en la mano derecha, Norte descifró el jeroglífico. Rompió la faena abriendo los caminos por alto, toreando a media altura y sin forzar la máquina, plenamente consciente de que el animal no estaba para tirones ni le iba a regalar ni media embestida. A partir de ahí, la obra se erigió en un ejercicio de pulso clínico y cabeza fría. El salmantino recetó tiempos muertos entre tanda y tanda, oxigenando al morlaco y aguantando parones y miradas de puro infarto.

Ante la nula colaboración del novillo, la faena derivó irremediablemente en un asfixiante arrimón, un alarde de encimismo de un mérito bárbaro, donde el charro se expuso con una verdad desnuda, apostando la femoral. Como el animal no tenía absolutamente nada dentro, vacío de casta y empuje, Norte se transmutó en un mástil inconmovible. Pisó terrenos minados, acortó las distancias hasta ahogar el aliento y se enroscó al novillo en eternos pases circulares, atornilladas las zapatillas a la arena y sin ceder ni un milímetro de su jurisdicción. Fue un trance de escalofrío continuo, con los pitones acariciándole impunemente la seda y el oro de la taleguilla, un trago que el torero aguantó con un estoicismo pasmoso, casi escultural. El milagro, en definitiva, de ponerlo todo donde no había absolutamente nada. A la hora de la firma, cobró una estocada tendida que no fue suficiente para que doblara, haciendo falta el uso del descabello, con el que atinó en un certero y fulminante golpe de verduguillo. Sonó un recado desde el palco presidencial antes de que asomaran los merecidos pañuelos en La Malagueta, cayendo en sus manos una oreja de plomo, arrancada a base de heroica terquedad.

Saltó en quinto lugar el ejemplar de mejor y más seria lámina de toda la tarde. Un dije de irreprochable presentación cuya estampa, sin embargo, escondía un pozo de malas intenciones. Ni en los lances de recibo con el percal ni en su paso por el caballo regaló un solo presagio de esperanza. Fue castigado con dos puyazos severos, de los que huyó rebrincado, calamocheando con la cara por las nubes y sin hacer el mínimo asomo de empujar o meter los riñones en el peto. El tercio de banderillas se erigió en un monumento a la torería de plata. Curro Javier y Óscar Reyes se jugaron la vida a cara o cruz, dejando tres pares de una exposición y un mérito sencillamente descomunales ante un novillo que ya barruntaba la emboscada en cada mirada. La plaza, rugiendo en pie, los obligó a desmonterarse para recoger una sentida y clamorosa ovación.

Con la pañosa en la zurda, Quintana brindó la obra a Saúl Jiménez Fortes, en un preludio de lo que sería una auténtica batalla de trincheras. Y es que el de López Gibaja resultó ser un papelón infumable, un manso de bandera pregonado que se pasó la lidia barbeando las tablas, saliendo suelto, con la cara alta y desentendido tras cada envite, buscando desesperadamente el abrigo cobarde de sus querencias. Frente a la huida constante, emergió la cabeza privilegiada de Manuel Quintana. El cordobés echó la moneda al aire: se cruzó de manera temeraria y, a base de imponer su ley corriendo la mano, logró robarle derechazos de una limpieza y una importancia superlativas. Todo ello ante un animal que jamás humilló ni descolgó un centímetro. El novillero fue encauzando la mansedumbre, extrayendo agua de un pozo seco con un mérito descomunal. Hubo que estar siempre perfectamente colocado, pisando el alambre, tragando quina e incluso aguantando coladas de espanto cuando el animal, atrincherado en su querencia, se sentía amo y señor del ruedo. Fue una apuesta tan rotunda y sincera que hasta el propio ganadero rompía a aplaudir desde su burladero la hombrada del torero. Abrochó la epopeya con puro sabor añejo, doblándose por bajo con un empaque brutal, en un último y torerísimo intento de enseñar a embestir y obligar a humillar al manso. Tras pinchar en el primer encuentro, cobró una estocada casi entera, de colocación perpendicular. Sonó un recado presidencial en forma de aviso, pero el peso incontestable de su faena arrancó del palco una oreja de oro, sudor y sangre, premio justísimo a un esfuerzo titánico.

Cerró plaza un sexto que ya de salida barruntaba complicaciones. Dennis Martín lo saludó ganándole terreno, estirándose en alguna verónica de trazo suelto, intentando sujetar a un animal que pintaba basto y anunciaba la aspereza de su condición. En el peto, cumplió con pulcritud la cuadra y brilló la monta de Juan Melgar, que se agarró arriba para dejar dos puyazos cobrados en muy buen sitio. Se respiraba la tensión en los tendidos cuando el almeriense, montera en mano, protagonizó un brindis cargado de una emoción sobrecogedora, entregando el incierto destino de la obra a su madre. Lejos de especular, rompió la faena echando las rodillas a la arena; con la muleta en la diestra, se lo pasó por la espalda en el mismísimo tercio, en un alarde de valor desmedido y auténtica temeridad. Ya en la jurisdicción de los medios, el de López Gibaja dictó su verdadera e intratable ley. Era un astado complejísimo, áspero hasta decir basta, de los que soltaban un hachazo y buscaban el pecho, echando descaradamente la cara a la hombrera en el epílogo de cada muletazo. No cabía el lucimiento, solo tocaba tragar saliva y quina.

El novillo era un auténtico vendaval, un torrente desbordado de embestidas preñadas de maldad y sentido. Martín aguantó el tipo de forma heroica, atornillado a la arena, plenamente consciente de que el hule de la enfermería era el destino más lógico y natural si decidía seguir apostando unos minutos más en aquella cara de espanto. El manso tiraba gañafones ciegos, sin solución direccional, cazando moscas y buscando el bulto. Tenía un mérito bárbaro simplemente sostener la planta ante aquel animal que, para colmo, reponía el viaje con una prontitud letal; una auténtica alimaña. Lástima que la tizona terminara emborronando la épica del trasteo. Hasta cinco pinchazos en hueso precedieron a una estocada de trazo lagartijero, haciendo indispensable el uso del descabello para finiquitar el trance con un certero golpe de verduguillo. Sonó un aviso desde el palco, y el tremendo esfuerzo de supervivencia del torero fue reconocido con una calurosa ovación con saludos desde el tercio.

FICHA:

Málaga .- Final del Circuito de Novilladas de Andalucía 2026 con novillos de López Gibaja para:

Entrada: Plaza llena.

Julio Norte, Ovación tras aviso y Oreja;

Manuel Quintana, Oreja y Oreja tras aviso;

Dennis Martín, Ovación y Ovación con saludos;

 

SORTEO:

Orden de lidia de los novillos de López Gibaja que esta tarde se lidiarán en la primera de abono de la Feria de 150 Aniversario de La Malagueta. El cartel lo componen Julio Norte, Manuel Quintana y Dennis Martín.

1. 36. EMBARCADO. Negro listón. 469 kg. 01/23
2. 32. ZARRAPASTROSO. Negro. 465 kg. 12/22
3. 11. CARDILLO. Negro bragado meano. 430 kg. 12/22
4. 14. CEBOLLERO. Colorado. 441 kg. 01/23
5. 28. CHANCHULLERO. Colorado. 485 kg. 12/22
6. 71. ZOJITO. Negro salpicado. 470 kg.  12/22
S1. 69. ALARMISTA. Negro. 472 kg. 05/12/22
S2. 55. ZUMBO. Negro burraco. 447 kg. 12/22

CUADRILLAS

JULIO NORTE

PICADORES 

Ángel Luis Sánchez pica 4 - verde botella y oro
Chano Briceño pica 1 - azul y oro 
 
BANDERILLEROS
 

Rafael Rosa lidia 1 - gris y azabache
Rubén Blázquez lidia 4 - sangre de toro y azabache
Javier Gómez Pascual - negro y plata

MOZO DE ESPADAS
 

Manuel Alejandre

AYUDA
José María Martín

APODERADO
Domingo López Chávez 

MANUEL QUINTANA

PICADORES
Manuel Jesus Ruiz “Espartaco” pica 2 nazareno y oro
Manuel Quinta pica 5 - malva y oro

BANDERILLEROS
Curro Javier Amores lidia 2 - Azul y azabache 
José Muñoz lidia 5 - caña y azabache
Oscar Reyes - gris perla y azabache

MOZO DE ESPADAS
Pepe Sore

AYUDA
Emilio Díaz

APODERADO
Antonio Tejero

DENNIS MARTÍN 

PICADORES
Andrés Pérez pica 3 - azul marino y oro
Juan Melgar pica 6 - azul rey y oro

BANDERILLEROS
José Márquez lidia 3 - azul y cristal
Juan Rojas lidia 6 - rioja y plata
José Magaña - Azul Pavo y plata

MOZO DE ESPADAS
Santi Millán

AYUDA
Javi Marín

APODERADO
Ruiz Manuel

EQUIPO GUBERNATIVO

Presidente: Carlos Bueno Guezala
Asesor veterinario: Felix Gómez Guillamón
Asesor artístico: Adolfo Ramos Fernández
Delegado: José Conesa Martínez

 

 

 

 

 

 

 

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