FERIA DE BILBAO 2026
Dos toros, dos tratados de lidia: la insultante superioridad del toreo de Luque en Vista Alegre
No dio opciones de lucimiento con el percal el abreplaza, un animal que de salida se ciñó a los adentros, apretando los terrenos y las intenciones de Morante de la Puebla. Lo que vino después en el caballo fue un despropósito de otra época. Germán González recetó dos varas de castigo severo, la segunda de una contundencia casi sañuda. Y cuando el tercio parecía ya historia, el astado, saliendo suelto y despavorido del capote de lidiador de Fernando del Toro, volvió a encontrarse con el peto hasta en dos ocasiones más. Cuatro puyazos en total y una bronca monumental, de las que hacen temblar los cimientos de la plaza, cayendo a plomo sobre el varilarguero.
Todo presagiaba la ruina, pero el toro, al que le quedaba el fuelle justo tras la masacre, guardaba en su fondo el tesoro de una clase excelsa. Se dobló Morante por alto en los albores de la obra, con una suavidad de caricia. Pasaba el animal a cámara lenta, gateando, y a ese mismo ralentí se lo ceñía el genio cigarrero. Los derechazos nacieron mecidos, con una cadencia y un acompañamiento que paraban los relojes.
Sin embargo, el peso rotundo y definitivo de la faena recayó en la mano izquierda. Hubo naturales cumbres, pero brotó uno en particular que es ya carne de hemeroteca y cartel de toros; un trazo eterno, desmayado, perfecto desde el cite hasta el remate detrás de la cadera. Aderezó el sevillano la sinfonía con esos molinetes de su personalísima firma, arrebatados de torería antigua. Para entonces, los tendidos eran un auténtico manicomio. El estruendo de los olés rugía con tal fuerza que cualquier transeúnte despistado por los aledaños del coso debió sobrecogerse. Lástima que la rúbrica llegara en forma de un pinchazo previo a una estocada que viajó algo tendida. El premio quedó reducido a una cerrada ovación con saludos, pero el aroma inconfundible del toreo caro ya había perfumado la tarde.
Serio por delante, con las defensas astifinas, saltó el segundo de Garcigrande, al que Daniel Luque saludó abrochando un primoroso ramillete de verónicas de recibo. En el peto, 'El Patilla' dictó una lección de ortodoxia. Un primer puyazo en el sitio exacto, medido y sin ensañamientos, dio paso a un segundo encuentro para el que Luque lució al burel dejándolo de largo; la ejecución, tan pulcra en su medida como la anterior, puso de acuerdo a Vista Alegre, que rompió a aplaudir. Despertó el celo de la competencia Borja Jiménez en un quite por ceñidísimas chicuelinas, al que respondió el de Gerena, dueño y señor de la escena, intercalando el trazo de la verónica con la hondura del delantal.
Con la pañosa, emergió ese Luque dueño de una clarividencia lidiadora prodigiosa. Se topó de bruces con un manso de manual, un animal rajado que repudiaba la pelea y que buscó descaradamente el cobijo de las tablas del tendido 7. Pero cuando un torero atraviesa este insultante estado de gracia —por más que la inercia del sistema prefiera a veces ensalzar otros nombres—, el milagro se consuma por aplastamiento. Luque lo puede absolutamente todo. Metió en el canasto a un animal negado para la lidia con una autoridad incontestable.
Fueron derechazos de un poderío colosal, crujiendo por abajo a aquel manso de libro. Y allí, en los terrenos de tablas, le robó unos naturales de tremendo calado que levantaron a la cátedra de Bilbao de sus asientos ante semejante tratado de tauromaquia. Sobran los dedos de una mano para contar a quienes, en el escalafón actual, atesoran la privilegiada capacidad técnica del sevillano. Coronó la obra con una estocada sublime, entrando a matar con toda la verdad. Y asomó entonces la grandeza y el misterio de esta fiesta: el toro, manso de solemnidad durante toda su existencia, eligió una muerte de bravo. Se fue hasta los medios para entregar su último aliento, resistiéndose con fiereza a tragar la muerte que le imponía el acero del sevillano. Cayó una oreja de ley, de las que de verdad pesan en esta plaza.
Apenas duró un suspiro el capítulo del tercero, cercenado de raíz por el infortunio. Había apuntado Borja Jiménez alguna verónica suelta de estimable expresión en el saludo, pero la fatalidad se interpuso en su camino nada más abandonar la jurisdicción del caballo de picar. En un derrote ciego y desolador, el astado hincó de bruces ambas palas en el albero con una contundencia brutal, partiéndose los dos pitones. Una ruina irreparable. Ante semejante estampa de invalidez, la decisión del palco fue tan obligada como fulminante: asomó el pañuelo verde de la devolución y el animal emprendió el melancólico camino de regreso a los corrales.
Alteró el orden de lidia Borja Jiménez, corriendo turno para despachar al que aguardaba en sexto lugar. Y lo que asomó por chiqueros fue un auténtico bochorno. Un animal de lastimosa presencia avacada, escurrido y descaradamente indigno de esta plaza. Resulta inadmisible y sonrojante que un ejemplar de semejante catadura pise el ruedo de las Corridas Generales, pisoteando de un plumazo el intocable prestigio y la exigencia del legendario "toro de Bilbao". En el tercio de varas, al menos, Vicente González puso cordura y profesionalidad, agarrándose arriba para dejar dos puyazos en muy buen sitio.
Montera en mano, brindó Jiménez al cónclave bilbaíno antes de apostar fuerte en los albores de la faena. Plantado en el tercio, se lo pasó por la faja con un cambiado por la espalda de escalofriante ajuste, prologando la obra con unos derechazos por alto de soberbio trazo. A partir de ahí, las series fluyeron con una largura encomiable y un empaque superior.
Cuajó el de Espartinas derechazos mandones, arrastrando la muleta y sometiendo por abajo a su oponente. Fue tal la exigencia y la hondura del planteamiento que el animal, asfixiado ante el poderío del trazo, terminó por desfondarse y venirse irremediablemente abajo. A pesar de la claudicación del toro, la obra mantuvo momentos de una vibrante intensidad. Lástima que la espada no viajara con la misma ortodoxia: un primer pinchazo que ya apuntaba a contrario preludió una estocada definitiva caída en ese mismo rincón. El balance se redujo a una ovación con saludos, justo reconocimiento a la firmeza de un torero que estuvo muy por encima de aquella ruinosa estampa.
FOTOGALERÍA - CLIC AQUÍ
Tampoco ofreció la más mínima opción al lucimiento de capa el cuarto, frustrando de raíz cualquier intento de estirarse a Morante de la Puebla con el percal. En el tercio de varas, Ángel Rivas dictó la medida exacta, agarrándose arriba para recetar dos puyazos intachables, soberbios de colocación y castigo.
Ya con la pañosa, el genio cigarrero descorchó la faena con un inicio por alto, abrochado con pases de pecho de una belleza y una apostura arrebatadoras. Parecía que la obra podía tomar vuelo, pero el espejismo se desvaneció al pisar la jurisdicción de los medios. Allí, Morante se refugió en las probaturas, guiando los viajes hacia las afueras, testando con la muleta retrasada la incierta condición de un animal que iba y venía envuelto en un molesto desconcierto. Faltaba clase en la embestida y sobraban reservas en el ruedo.
Al constatar la nula entrega y el viaje descompuesto de su oponente, el sevillano optó por la calle de en medio y decidió abreviar sin contemplaciones. Aquel tijeretazo a la faena encendió de inmediato la mecha de la discordia en la cátedra bilbaína. Despachó al astado dejando un pinchazo previo a una estocada casi entera. El veredicto final de la plaza se saldó con una sonora división de opiniones, el triste epílogo para una labor efímera frente a un toro carente de virtudes.
Continuó la tónica del deslucimiento de salida con el quinto, un ejemplar agriamente protestado en los tendidos por una presencia anovillada que desentona con el rigor histórico de esta plaza. En el caballo, 'Jabato' administró dos puyazos medidos y con buen son. Pero el pulso de la lidia saltó por los aires en el tercio de banderillas, cuando Juan Contreras se vio apurado y a merced de los pitones. Allí emergió, raudo y providencial, Daniel Luque, desplegando la muleta para firmar un quite salvador de lidiador total. Un detalle de los que huelen a torería añeja.
Más torero y conmovedor fue aún el gesto que prologó la faena. Luque caminó hacia las tablas y brindó la muerte del toro a los monosabios, un tributo cargado de profunda humanidad tras el dramático percance vivido en este mismo ruedo la tarde anterior. Vista Alegre, con la sensibilidad a flor de piel, se puso en pie como un resorte, rindiendo honores a la empatía del sevillano.
Y entonces, con el ambiente electrizado, Luque puso Bilbao boca abajo. Cimentó una faena soberbia sobre los pilares de unos derechazos de mando incontestable, crujiendo al toro por abajo. Por el pitón izquierdo, la obra alcanzó cotas de otra dimensión. Los naturales brotaron limpios, desmayados, mecidos en un temple infinito y de una naturalidad sublime. Fue una labor tejida con la suavidad de la seda, sin engollipar nunca de tela a un astado que, para hacer honor a la verdad, atesoró una clase excelsa.
Luque dictó otra cátedra incontestable de tauromaquia. Demostró que le sobra magisterio para dominar la aspereza del difícil y para cuajar en toda su plenitud la nobleza del fácil. Se lo ciñó a la faja, pasándoselo a escasos milímetros, imprimiendo una majestuosidad rotunda a cada compás del trasteo. Con la inteligencia métrica de los elegidos, no se excedió en el metraje. Fue una obra breve, maciza, pronta y en la mano.
Se volcó sobre el morrillo con toda la verdad para dejar una estocada sublime. Rodó el animal y Luque, roto por dentro tras la inmensa intensidad, se echó a llorar de pura emoción mientras la plaza entera rugía al unísono un atronador grito de "¡Torero, torero!". El clamor era unánime, pero la rigurosidad asomó en el palco. Paseó una oreja de ley, acompañada de una fortísima petición de la segunda que, al ser ignorada, derivó en una bronca monumental a la presidencia. El premio quedó mutilado en el balance administrativo, pero el de Gerena paseó su magisterio dando dos vueltas al ruedo clamorosas que tuvieron sabor a triunfo grande.
El sexto, el ejemplar que aguardaba en los corrales como sobrero y acabó cerrando el festejo, deparó un anodino saludo de capa, completamente huérfano del más mínimo lucimiento. En el turno del castigo, el prestigioso varilarguero Tito Sandoval despachó el trámite con dos puyazos tan breves como medidos. Sin embargo, el pulso de la tarde se reactivó vibrante en el tercio de banderillas gracias a la deslumbrante intervención de Juan Carlos Rey, que cuajó dos pares de una exposición desmedida, asomándose al balcón de los pitones con una gallardía admirable.
Ya con la pañosa armada, Borja Jiménez descorchó el trasteo genuflexo, sometiendo a su oponente por abajo con una apertura por doblones de un sabor torerísimo. Pisando los comprometidos terrenos de los medios, el sevillano impuso su ley a base de derechazos mandones, muy encajado y fiel a sus rotundas formas.
Pero pronto la obra derivó en un ejercicio de heroísmo y supervivencia. El de Garcigrande, áspero y con genio, soltaba al final de cada viaje unos derrotes pavorosos, verdaderas guadañadas que buscaban el pecho. Jiménez le tragó un mundo, aguantando miradas que helaban la sangre. La tensión se mascaba de tal manera en Vista Alegre que el dramatismo de la escena ahogó por completo la posibilidad de que sonara la música; aquello era una trinchera a cara de perro donde un pasodoble habría resultado una frivolidad. Se volcó el de Espartinas en la suerte suprema con total entrega para recetar una estocada casi entera, aunque de tendencia tendida, cobrando una cálida y sentida ovación como merecido tributo a su innegable firmeza ante el peligro.
FICHA DEL FESTEJO
Bilbao (Vizcaya). Toros de Garcigrande para Morante de la Puebla (Mandarina y plata), Daniel Luque (Lila y plata) y Borja Jiménez (Blanco y oro). Casi lleno.
Morante de la Puebla, Ovación y Pitos
Daniel Luque, Oreja y Oreja con fuerte petición de la segunda
Borja Jiménez, Ovación y Ovación
FOTOGALERÍA
SORTEO



