David de Miranda y Marco Pérez firman un manifiesto de ley que derriba la temporada

Toros de Domingo Hernández para Sebastián Castella, David de Miranda y Marco Pérez
viernes, 28 de agosto de 2026 · 13:59

 

Abrió plaza un astado de declarada mansedumbre, un animal que se adueñó del anillo por su desordenada vocación de fuga, arruinando cualquier atisbo de saludo capotero. Huía de los vuelos del percal con la misma desvergüenza con la que escupió del peto de Manuel José Bernal. Dejó en varas dos encuentros intermitentes —uno sutil, otro de mayor severidad— de los que salió rebotado y desentendido, fiel a su condición huidiza. El transcurso de la lidia derivó en un absoluto vía crucis.

Castella se ahorró el brindis; la atmósfera de Vista Alegre ya presagiaba el vacío. En el mismo prólogo por alto, el toro cantó definitivamente la gallina y descaró su querencia. Lo intentó todo el torero, impecable al tratar de coserlo a la pañosa, llevándolo muy toreado y tapándole cada resquicio, pero el trasteo se desintegró en una ingrata persecución. El animal, barbeando las tablas con descaro de buey, renegaba de cualquier jurisdicción que no fuera la madera.

Vista la nula condición del manso, la severa cátedra de Bilbao ordenó abreviar, y el diestro acató de inmediato el veredicto del cónclave. Liquidó el trámite dejando un pinchazo previo a una estocada trasera y tendida, y requirió de un certero golpe de verduguillo tras un primer marronazo con el descabello. Un silencio de plomo certificó el cierre del primer capítulo.

Saltó en segundo lugar un ejemplar de protestadas y anovilladas hechuras al que David de Miranda saludó meciendo el capote en unas verónicas de cadencioso temple. En el tercio de varas, Paco Félix administró un primer puyazo de severo castigo, dosificando luego el hierro en un segundo encuentro mucho más medido. La ceniza bilbaína de Vista Alegre fue testigo entonces del debut de Marco Pérez, que descorchó su presentación con un quite por chicuelinas, encontrando la gallarda réplica del onubense en un ceñido duelo por saltilleras.

Brindó Miranda al cónclave y se atornilló en los medios para abrir el trasteo por estatuarios. Secos, impávidos, de una verticalidad pasmosa; el toreo hierático que es santo y seña del diestro de Trigueros. Fue al natural por donde brotaron los pasajes de mayor enjundia, desgranando lances de muy buen son. Por el pitón derecho, la obra llevó el innegable sello de la verdad: asentado en la arena, pasándose los pitones a milímetros de la taleguilla y ofreciendo los vuelos con media muleta. Atesoraba excelsa calidad el astado, pero adolecía del motor y la chispa necesarios para que la obra terminara de romper con transmisión. Resultó un trasteo preñado de pureza, sin trampa ni cartón, desprovisto de alardes superfluos, lo que paradójicamente dejó un poso de cierta frialdad en los tendidos.

Abrochó la faena con unas manoletinas de tremenda exposición, ceñidísimas. A la hora suprema sobrevino el sobresalto: tras cobrar un pinchazo, el toro le hizo hilo y Miranda, desarmado, salvó el tabaco milagrosamente merced a un oportuno recorte, dejando en evidencia la imperdonable y exasperante pasividad de los banderilleros. Sepultó finalmente el acero en una estocada de efectos fulminantes que le valió una ovación con saludos tras escuchar el recado presidencial.

Enseñando las palas y astifino desde la cuna saltó el tercero, al que Marco Pérez saludó hincado de hinojos para recetarle una vibrante larga cambiada. Ya en pie y ganando terreno, el salmantino meció los brazos para hilvanar un ramillete de verónicas de buen trazo, rematadas con la vistosidad de los delantales.

Pero hasta ahí duró el espejismo. En el caballo, Puchano apenas señaló el castigo con un puyazo de mero trámite, evidenciando la alarmante fragilidad del astado. El animal comenzó a claudicar de los remos delanteros, perdiendo las manos con una facilidad pasmosa y derrumbándose en la arena en cada acometida. Ante semejante y penoso cuadro de invalidez, la bronca en los tendidos arreció con justificada furia, no dejándole más salida a la presidencia que asomar el inexcusable pañuelo verde para devolver al inválido a la oscuridad de los corrales.

Saltó al ruedo el tercero bis —originalmente reseñado como sexto, tras decidir el salmantino correr turno—, un astado de Domingo Hernández que negó en redondo cualquier alarde con el percal. Su comportamiento inicial fue un torrente de desgobierno: se fue de largo, ciego, hacia el picador que guardaba la puerta, salvando la integridad del subalterno de milagro para acabar estrellándose contra las tablas. Un topetazo brutal que reventó la recia e inexpugnable madera de Bilbao, esa que parecía eterna, sin que los pitones sufrieran siquiera un rasguño. Los primeros tercios fueron una auténtica odisea, un naufragio de desarmes y capotazos a la deriva, con el toro adueñado de la jurisdicción tras tomar un puyazo de Puchano y otro de Alberto Sandoval.

Pero donde había caos, Marco Pérez impuso la ley del toreo. Brindó al cónclave y prologó el trasteo por doblones genuflexos, meciendo la tela con un sabor añejo y torerísimo que atemperó la embestida. Ya en los medios, el joven espada echó la moneda al aire por el pitón derecho, hilvanando derechazos de exquisito trazo. Afloró entonces la fijeza superlativa y la calidad del toro, que, sin embargo, pecaba de no humillar, negándose a descolgar del todo. Frente a ello, Marco tiró de temple y hondura, enganchando las acometidas con los flecos de la muleta para extraer naturales profundos. El empeño radicaba en obligar por abajo a una testa que, al menor respiro, se erguía desafiante, superando en alzada la menuda anatomía del diestro.

Tuvo la faena, además, el incalculable don de la medida. Con una claridad impropia de su juventud, Pérez acudió a la espada en el instante matemático, huyendo del tedio y del metraje superfluo. Abrochó su vibrante obra por ajustadas manoletinas, pero la tizona le negó la rúbrica del triunfo: dos pinchazos precedieron a una estocada contraria. Una calurosa ovación le obligó a saludar desde el tercio, reconociendo Vista Alegre la rotunda madurez del prodigio salmantino.

 

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Bilbao 28-08-2026

 

Pasó inédito Sebastián Castella con el percal en el cuarto de la tarde, despachando el saludo con alguna verónica suelta de mero trámite. En el peto, Agustín Romero recetó un primer puyazo cabal y medido, pero fue a la salida del embroque donde se consumó la más absoluta de las vergüenzas. El astado de Domingo Hernández hizo presa en un alguacilillo, desatando un episodio de intolerable desidia que clama al cielo. En un ejercicio de incomprensible pasividad, ni un solo hombre vestido de luces acudió al rescate. Ningún capote providencial voló para quitarle el toro de encima, ni hubo brazos toreros para evacuar al herido. Tuvieron que ser los heroicos areneros quienes saltaran al ruedo, con una dignidad ausente en las cuadrillas, para llevarse al hombre a la enfermería. Un bochorno inaceptable del que deberían depurarse responsabilidades; un feo mensaje que parece dictar que, si no vistes de seda y oro, careces del derecho vital a un capote de auxilio.

En el último tercio, el diestro galo descorchó su trasteo por estatuarios, perfilando muletazos de buena factura. Comenzó después a trenzar largas series de derechazos frente a un gran ejemplar de Domingo Hernández, un toro bravo que derramaba excelsa clase en cada arrancada. Sin embargo, el acoplamiento no terminó de romper ni de conectar con los tendidos. Castella firmó una labor de un perfil excesivamente soso, lastrada por unas interminables esperas entre tanda y tanda. Esos dilatados tiempos muertos funcionaron como un témpano, enfriando la ebullición de una obra que se evaporó por el desagüe de la falta de ritmo, dilapidando en gran medida las virtudes de un oponente de bandera.

Despachó al animal con una estocada algo trasera. El palco presidencial asomó el pañuelo avalado por una petición manifiestamente tímida, otorgando una oreja de escaso peso que contrastó con la ovación que el cónclave dedicó al gran toro salmantino en su viaje hacia el desolladero.

El quinto volvió a negar cualquier atisbo de brillantez con el percal, dejando inédito a David de Miranda en el saludo. La lidia, contagiada de la insufrible anarquía que gobernó la tarde, resultó otro auténtico despropósito; un astado que impuso su ley de manso, adueñándose del anillo y recibiendo el hierro de ambos picadores en medio de un intolerable desgobierno.

Pero sobre las ruinas de ese caos edificó Miranda su inapelable obra. Tras brindar al cónclave de Vista Alegre, se hincó de hinojos en la arena del tercio para descorchar la faena con unos ayudados por alto preñados de un aire soberbio. El núcleo duro, la verdadera hondura de su trasteo, germinó al natural. Por el pitón izquierdo corrió la mano hasta donde la prodigiosa elasticidad de su cintura le permitía, enganchando las embestidas desde muy atrás y vaciando el viaje con una suavidad pasmosa. Tragó lo indecible el onubense en esa orilla; el toro, mirón y reservón, le escrutaba desafiante, lamiéndole la taleguilla con la pala del pitón mientras el diestro permanecía convertido en una estatua de mármol, impávido ante el aliento de la fiera. Idéntico estoicismo destilaron los gallardos desplantes que abrocharon las series diestras, dejándose acariciar los bajos de la chaquetilla con un valor seco y desnudo. Fue una labor soberbia, maciza, la de un tremendo David de Miranda que puso a la plaza unánimemente en pie.

Para el epílogo, recetó unas bernardinas de infarto, de un ajuste sobrecogedor, cambiando el viaje en una de ellas con tal exposición que terminó de reventar el termómetro de Bilbao. Vista Alegre en pie, rindiendo merecidos honores a un torero en absoluto estado de gracia. A la hora de la verdad, se volcó con tal franqueza sobre el morrillo que el astado, en un fiero derrote, le hizo jirones el chaleco a la altura del pecho. La estocada, que cayó un punto baja, cobró efectos fulminantes e hizo rodar al animal sin puntilla. La petición del doble trofeo fue un clamor ensordecedor que chocó de frente con el palco, que redujo el botín a una única oreja. La monumental bronca al usía se fundió entonces con el calor de la afición bilbaína, que acompañó a David de Miranda en dos clamorosas vueltas al ruedo, encumbrándolo como el indiscutible dominador de la tarde hasta el momento.

Tampoco concedió tregua de salida el imponente sexto, un toro serio y amplio de sienes que dejó inédito el saludo de capa. Lo puso en suerte Marco Pérez galleando por chicuelinas al paso para dejarlo largo en el peto, donde Alberto Sandoval midió el castigo administrando dos varas de exquisita sutileza. Replicó el salmantino desempolvando el añejo y vistoso 'Quite de Oro', encendiendo la mecha de una plaza que, instantes después, vibraba ante la soberbia exposición de Rafael González Amigo.

Con Vista Alegre reverenciando la escena en pie, Marco brindó la muerte del astado a la figura de Enrique Ponce. Fue el prólogo a una auténtica declaración de intenciones que estalló en los medios con un espeluznante pase cambiado por la espalda, atornillándose de hinojos acto seguido para hilvanar un inicio de infarto. Rompió a embestir el animal con un motor incontenible, derramando bravura, nobleza y una codicia excepcional. Lo entendió a la perfección el joven espada, llevándolo muy largo en series que transmitían una barbaridad a los tendidos. Hubo gobierno y osadía, intercalando alguna arrucina de tremendo mérito entre las embestidas, mientras la obra alzaba un vuelo de innegable grandeza. El cénit floreció en la orilla izquierda; los naturales brotaron exigiéndole por abajo, arrastrando los flecos por la arena y gobernando la encastada acometida con un mando poderoso.

Se erigió, sin asomo de duda, en la faena de la feria frente a un toro de bandera que se ganó a pulso el derecho a la vuelta al ruedo. Con la envergadura y exigencia de un toro de Bilbao, Marco Pérez presentó sus rotundas credenciales, demostrando con argumentos de peso que tiene el toreo, la madurez y el valor para reclamar su sitio en las ferias de postín junto a las máximas figuras.

Abrochó su obra cumbre por ceñidísimas luquesinas, con el cónclave absolutamente entregado a su magisterio. Sin embargo, los duendes de los aceros le robaron la gloria matemática del doble trofeo. Un inoportuno pinchazo precedió a un estoconazo inapelable en todo lo alto, dejando el botín en una solitaria pero maciza oreja de ley. El prodigio salmantino, paladeando el triunfo, terminó besando reverencialmente la oscura ceniza bilbaína.

FICHA DEL FESTEJO

Bilbao (Vizcaya). Toros de Domingo Hernández para Sebastián Castella (Cobalto y plata), David de Miranda (Catafalco y oro) y Marco Pérez (Azul cielo y oro). Un tercio.

Sebastián Castella, Silencio y Oreja

David de Miranda, Ovación y Oreja

Marco Pérez, Ovación y Oreja

FOTOGALERÍA

 

SORTEO