FERIA DE BILBAO 2026
Roca Rey, a cuerpo limpio y contra el vendaval, corona su dictadura en Vista Alegre
Rompió plaza un astado de Victoriano del Río de pavorosa arboladura, veletísimo, acariciando las nubes de Vista Alegre con los pitones. Lo meció Diego Urdiales en el saludo, gustándose en unas verónicas de cadencioso temple. En el caballo, Pedro Iturralde midió el castigo con la sutileza de dos puyazos de seda, preludio de un hermoso duelo en los quites: cinceló el riojano unas chicuelinas de exquisito trazo, a las que replicó Alejandro Talavante por delantales.
La liturgia del brindis tuvo un hondo calado nostálgico. De rey de Bilbao a rey de Bilbao. Urdiales entregó la montera a Enrique Ponce en lo que fue una auténtica estampa de museo, un cuadro de época con ambos maestros frente a frente sobre la ceniza del ruedo.
La aspereza del victoriano condicionó el inicio del trasteo sobre la diestra, defendiéndose con una embestida bronca, descompuesta y soltando la cara. Hubo de cambiar la topografía de la obra, y fue entonces, al echarse la pañosa a la siniestra, cuando floreció la esencia. En el regazo de esa plaza que lo idolatra, Urdiales prendió el estaquillador por el extremo, por donde más quema y pesa la tela, para pulsear la tozuda reticencia del toro a descolgar. Brotaron así naturales de bella factura, pinceladas de clasicismo puro que Bilbao rugió con el fervor de lo propio.
Bien es cierto que en el fragor asomó algún fleco, algún muletazo de embroque más despegado, pero el detalle no marchitó la solemnidad del conjunto. Quizá se engolosinó en exceso el riojano, pecando de un metraje que dilató la faena más allá de lo que el pozo del animal y la emoción del momento exigían. La suerte suprema viajó contraria para poner la rúbrica. Ovación y saludos desde el tercio.
Inédito de capa quedó el segundo de la tarde, un toro de Victoriano del Río que no dio opciones al lucimiento en los albores de su lidia. En el peto, Miguel Ángel Muñoz recetó dos varas de sutil y medida romana, pero el animal no tardó en afligirse, desvelando una endeblez que encendió las iras del cónclave bilbaíno. Arreció la protesta exigiendo el pañuelo verde, pero en el palco don Matías González se mantuvo hierático, de mármol frente al clamor, escudado en su inquebrantable dogma: la falta de fuerzas es condición y no defecto.
Llegó el astado a la jurisdicción de la muleta vacío de casta y raza. Embistía con una suavidad mortecina, descafeinada, pasando por la tela sin emoción ni mensaje alguno. Tuvo que poner el extremeño todo lo que el toro escatimaba. Fue entonces cuando, de su enfundada mano zurda, obró el milagro de la lentitud, haciendo brotar unos naturales de un temple soberbio que se enroscaban hasta el final de la cintura.
No era, sin embargo, labor exenta de riesgo. Albergaba el victoriano un peligro sordo, esa amenaza velada y traicionera del toro que se desplaza a cámara lenta, sin humillar y con la cara a media altura. En esa cadencia agónica, cualquier mínimo desajuste en el embroque, cualquier paso en falso, rozaba el abismo de la tragedia. Talavante lo lidió con inteligencia y firmeza, pero la espada emborronó la porfía, cobrando un pinchazo previo a una estocada de colocación algo contraria. Ovación.
Imposible el lucimiento de capa ante el tercero. Eolo soplaba desatado, convirtiendo los vuelos del percal en banderas ingobernables que negaron el saludo. En el peto, Sergio Molina administró un castigo severo en la primera vara, para dejar apenas un picotazo, un mero trámite, en el segundo encuentro. Apretó los dientes Andrés Roca Rey en el quite para cincelar unas ceñidísimas saltilleras de máximo ajuste.
El grandilocuente «¡olé!» que retumbó en Vista Alegre al caer la montera sobre el albero, quizá el rugido más rotundo de la feria hasta el momento, sirvió de detonante. Sabía el peruano que pisaba uno de sus bastiones, el Bocho tenía hambre de Roca Rey, y el torero tiró la moneda al aire desafiando a la borrasca porque aquel cónclave lo merecía todo. Abrió el trasteo clavado en la arena, de mármol, con unos estatuarios por alto, secos e impertérritos, sin ceder un milímetro.
Ya en la jurisdicción de los medios, con las inclementes rachas de viento azotando los engaños, el de Lima gobernó la tempestad. Fue hilvanando un derechazo tras otro, trazos largos, hondos, estirando su espigada figura para exprimir la embestida hasta el final del viaje. Llegó entonces el escalofrío del pase por la espalda, y Bilbao tembló en sus cimientos como solo sabe temblar con el huracán peruano. Toreó en redondo con una diestra tiránica, desatando el rugido de la plaza ante semejante alarde de capacidad y apabullante dominio.
Los circulares del epílogo terminaron de poner de acuerdo al cónclave. Y en el último de ellos, tras tirar la tela, brotó la arrebatadora insolencia del ídolo: arrojó la ayuda a la ceniza y se alejó andando, con las manos desnudas en alto por delante de la cara del toro. Una declaración de intenciones, la suficiencia del que dice que aquí no hay nada más que hablar. Cobró una estocada en todo lo alto como contundente rúbrica. Paseó una oreja de ley, desatándose una fortísima petición de la segunda que chocó contra el inmovilismo de don Matías en la presidencia, desatando la consiguiente y monumental bronca al palco.
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Saltó en cuarto lugar un astado serio por delante y de imponente arboladura, al que Diego Urdiales saludó estirándose en alguna verónica de añejo y cadencioso trazo. En el tercio de varas, Manuel Quinta marró en la ejecución, administrando un doble castigo de colocación marcadamente trasera.
Tras brindar al cónclave el riojano, no tardó en aflorar la deslucida condición del victoriano. Era un animal de embestida defensiva y bronca, que embrutecía cualquier intento de temple y clavaba los pitones en la ceniza con exasperante insistencia, quebrando el ritmo de la lidia. No hubo mimbres para la confianza ni terreno para el relajo; era plenamente consciente Urdiales de que, frente a aquella topografía de asperezas, resultaba una quimera desplegar su tauromaquia de esencias, esa concepción tan barroca y suya del toreo.
Se justificó el de Arnedo en un esfuerzo de tragar quina, logrando extraer, a base de firmeza, algún natural de hondo calado y bello empaque. Sin embargo, fueron chispazos aislados, muletazos robados a cuentagotas y siempre de uno en uno ante la rotunda imposibilidad de ligazón. Volvió a pecar Urdiales de una excesiva generosidad en el metraje, enredándose en una faena dilatada más de lo razonable, hasta el punto de que sonó el aviso desde el palco cuando el torero aún porfiaba en la cara del toro sobre la zurda. Cobró una estocada de certera colocación para poner punto final. Ovación con saludos.
Salió el quinto, cortado por el mismo patrón de trapío que sus hermanos de camada, pero portando en sus entrañas la ruina de la invalidez. Apretó con cierta vehemencia en su primer encuentro con la cabalgadura, aunque salió del peto habiendo recibido un castigo ínfimo, casi testimonial.
Tardó un suspiro el toro en acusar su alarmante falta de fuerzas, arrastrando tras de sí una embestida mortecina, claudicante y completamente vacía de raza. Aquello era un pozo de sosería, una acometida desaborida que no decía absolutamente nada. El prólogo del trasteo, planteado al abrigo de las tablas, se saldó con un inoportuno desarme de Alejandro Talavante; una fatalidad dictada más por las traicioneras y persistentes rachas de viento que por el inexistente celo del animal.
Hasta en dos y tres ocasiones rodó por la ceniza el desfondado victoriano, perdiendo las manos y desmoronándose como un frágil castillo de naipes. Ante semejante panorama de desolación, que cerraba a cal y canto cualquier mínima opción de lucimiento y ligazón, el extremeño tiró de sensatez y decidió abreviar, yéndose a por la espada sin mayor dilación. Una estocada de colocación baja sirvió para echar el telón por la vía rápida. Sonaron palmas de comprensión y respeto para el torero, en contraste con los sonoros y justificados pitos en el arrastre para la triste condición del toro.
Cerró plaza el sexto, el astado de menor cuajo y romana de todo el envío de Victoriano del Río. De salida, manseó sueltó y tomó el primer puyazo al relance, yéndose a buscar el refugio de la cabalgadura del picador que guardaba la puerta. El segundo encuentro se saldó como un mero trámite, sin apretar en el peto ni recibir excesivo castigo.
Cobró protagonismo la plata en el segundo tercio por la gallardía de Agustín de Espartinas. A pesar de verse obligado a pasar en falso en su primer embroque, se repuso con enorme torería para dejar dos pares de excelente ejecución y máxima exposición. El cónclave, agradecido a la verdad del subalterno, le obligó a desmonterarse para recoger una sentida ovación.
Y entonces, Andrés Roca Rey desató el manicomio. El peruano firmó un apabullante y temerario prólogo de faena, hincado de hinojos en el tercio. Fue una auténtica declaración de tiranía que hizo crujir los cimientos de Vista Alegre cuando, clavado de rodillas en la ceniza, se pasó los pitones por la espalda con una quietud telúrica. El Bocho enloqueció ante semejante demostración de poder y soberanía.
En un alarde final de épica desmedida, buscó el calor de las tablas para la suerte suprema. Allí, en un gesto de arrebatador valor, se tiró a matar a cuerpo limpio, prescindiendo del amparo de la muleta para volcarse sobre el morrillo y cobrar una estocada en todo lo alto. Precisó de un certero golpe de descabello, pero la suerte ya estaba echada. El palco asomó el pañuelo y paseó una oreja de ley, el justo tributo a una entrega absolutamente irrefrenable.
FICHA DEL FESTEJO
Bilbao (Vizcaya). Toros de Victoriano del Río para Diego Urdiales (Rioja y oro), Alejandro Talavante (Grana y oro) y Roca Rey (Tabaco y oro). Lleno con cartel de "No hay Billetes".
Diego Urdiales, Ovación y Ovación con saludos
Alejandro Talavante, Ovación y Palmas
Roca Rey, Oreja y petición de la segunda y Oreja
FOTOGALERÍA
SORTEO


