FERIA DE BILBAO 2026

Román, dueño y señor de los tiempos, corta la única oreja en el áspero asfalto cárdeno

Toros de La Quinta para Emilio de Justo, Román y Tomás Rufo
miércoles, 26 de agosto de 2026 · 13:19

 

Rompió plaza un ejemplar de La Quinta pavorosamente armado, un toro de tremenda seriedad que arrancó la honda ovación de Vista Alegre nada más asomar su imponente y astifina arboladura por chiqueros. Emilio de Justo, siempre lidiador, apenas pudo hilvanar los lances, dejando, eso sí, alguna verónica suelta de lánguido y exquisito trazo. En el tercio de varas, José Antonio Barroso recetó dos puyazos en la yema, midiendo el castigo con torería y buena montura, lo que le valió el justo y cálido reconocimiento del cónclave bilbaíno.

Pero bajo el engaño de la muleta se desmoronó el espejismo. El cárdeno cantó la gallina con una mansedumbre de manual, áspera y defensiva. Nada, absolutamente nada, pudo estructurar De Justo ante un animal descastado que pasaba al paso, negado de celo y escarbando la huida con la cara por las nubes, desentendido de cualquier jurisdicción. Al extremeño no le quedó otra heroica que la de tirar de oficio y abreviar el desolador trámite ante los pitos del respetable.

Darle muerte y cuadrar a semejante manso perdido se tornó en un auténtico quinario. Persiguiéndolo en la huida, todos los embroques tuvieron que ser al relance por la nula fijeza del astado. Cobró tres pinchazos infructuosos antes de sepultar un acero tendido y trasero. Pitos sin paliativos para el mulo de La Quinta en el arrastre y un espeso silencio para Emilio de Justo.

El segundo de la tarde saltó al ruedo bilbaíno pareciendo hijo de otro hierro, rebosante de motor, celo y codicia. Lo saludó Román meciendo los vuelos, encajado, para recetarle un manojo de templadas y jaleadas verónicas de recibo. En el caballo, Francisco de Borja midió el castigo con un primer puyazo en el sitio exacto, aunque no halló la misma fortuna ni el mismo acierto en el segundo encuentro con el peto. La lidia cobró vuelo en un brillante tercio de banderillas protagonizado por Pascual Mellinas y Víctor del Pozo; ambos clavaron con pureza y torería, viéndose obligados a desmonterarse para recoger el sincero reconocimiento de Vista Alegre.

Montera en mano, Román brindó al cónclave antes de abrir el trasteo. Se llevó al cárdeno a los medios por sabrosos y genuflexos doblones, y fue allí, en el ombligo del anillo, donde estalló el torrente de embestidas de un toro verdaderamente bravo de La Quinta. El valenciano tuvo la virtud de la clarividencia: supo administrar los tiempos y los espacios, dándole al animal el oxígeno y el respiro que demandaba tras haberle exigido por abajo con muletazos largos, hondos y de mano muy baja.

Las series posteriores alcanzaron altísimas cotas de vibración. Fueron tandas rotundas y muy ligadas, con el astado humillando de manera excepcional, queriéndose comer la muleta por abajo en una faena de gran dimensión. Con el transcurrir de la obra, la exigencia del castigo pasó factura al de La Quinta, que se fue desfondando y perdiendo el empuje, costando cada vez más arrancarle aquel tranco arrollador. Abrochó Román su labor con unas ceñidísimas y angustiosas manoletinas que terminaron de poner al público en pie. Se tiró a matar con fe, cobrando una estocada de colocación algo trasera pero de efectos fulminantes. Cayó del palco una oreja de ley, de peso específico en esta plaza, mientras los restos del buen toro de La Quinta eran arrastrados bajo una fuerte ovación.

El tercero del envío propició un estético y cadencioso recibo capotero a cargo de Tomás Rufo, que meció el percal con gusto y expresión. En el tercio de varas, el picador Rubén Sánchez dosificó el castigo con pulso, dejando dos puyazos en su justa y cabal medida.

Sin el preludio del brindis, el toledano inició la labor de muleta doblándose con torería, sacándose al animal por bajo hacia la soledad de los medios. Allí desgranó el toreo al natural, brotando muletazos de excelente trazo, compás y bello son. Sin embargo, al cárdeno de La Quinta le faltó el fuego interno de la codicia; embestía al paso, mudo, discurriendo por la jurisdicción del torero sin decir absolutamente nada. Fue, en definitiva, una obra que albergó pasajes de un toreo de seda, extraordinariamente despacioso y limpio, pero que nació huérfano del eco imprescindible de la transmisión.

En su porfía por calentar los tendidos, Rufo acortó las distancias y pisó los terrenos del hule. Se lo pasó a milímetros, robando algún derechazo de muy buen aire y marchándose al hotel con el terno teñido, testimonio mudo de su sincero arrimón y de una firmeza sin fisuras. Pero la espada viajó a los sótanos: cobró una primera estocada baja, rubricada tristemente por un segundo encuentro de idéntica y defectuosa colocación. Un silencio frío dictó el balance final en Vista Alegre.

El cuarto del envío apenas permitió a Emilio de Justo estirarse en el saludo capotero, arrancando, no obstante, alguna verónica suelta de soberbio trazo y hondo calado. En el tercio de varas, Juan Bernal administró el castigo con suma delicadeza, recetando dos sutiles puyazos para guardar el celo del animal. El extremeño, montera en mano, brindó la muerte del astado al maestro Diego Urdiales, en un hermoso y torero gesto.

La apertura de la faena, genuflexo y por sabrosos doblones, sirvió para sacar al cárdeno hacia la soledad de los medios. Allí, la obra fue tomando vuelo de manera paulatina frente a un ejemplar que no regaló ni media embestida. Era un toro de los que piden el carnet de identidad, exigiendo credenciales de lidiador, sitio impecable y una colocación milimétrica en cada uno de los cites. De Justo se la jugó a carta cabal, cruzando la raya en una labor de sincera exposición, donde quedó latente su verdad insobornable de principio a fin.

Echó toda la carne en el asador el extremeño ante un astado que, si bien atesoraba cierta clase en su embestida, guardaba también el filo de un peligro sordo, de los que exigen tener la cabeza muy fría y las zapatillas muy asentadas en la arena. Tras sepultar el acero en una estocada de colocación tendida, el cónclave bilbaíno le tributó una cálida ovación con saludos desde el tercio; el cabal y justo reconocimiento a un torero que puso el alma, la técnica y el corazón donde el toro ponía las exigencias.

Al quinto del festejo lo recibió Román hincado en la arena, recetando una vibrante larga cambiada de rodillas que sirvió para despertar a los tendidos. Lo llevó luego galleando hacia la cabalgadura de Chocolate mediante airosas y garbosas chicuelinas al paso. En el peto, el varilarguero dejó un primer castigo trasero y desprendido, enmendando la plana en el segundo encuentro con una vara de superior y más certera colocación.

Ya con la franela, el valenciano apostó sin fisuras por el pitón izquierdo. Apuntaba el de La Quinta una indudable clase en su embroque, pero pecaba del feo defecto de no salirse de la suerte, negándose a rematar el viaje hasta el final de la cadera. Trató Román de gobernar la embestida a base de empapar al astado y alargar el trazo hasta el límite mismo de su propia envergadura física. Sin embargo, el esfuerzo se estrelló de bruces contra el muro de la incomunicación.
La transmisión fue nula. Se topó el torero con un ejemplar soso a rabiar; un animal de los que piden que se les hagan las cosas con extrema pulcritud, pero que, lejos de agradecerlo, se fue aburriendo y desinflando bajo los engaños, sumido en una profunda apatía a medida que avanzaba la lidia.

Pecó el trasteo de un metraje excesivo, dilatándose en balde una obra que, dada la mortecina condición del cárdeno, reclamaba mayor concisión. No obstante, tras sepultar la tizona en inmejorable sitio, la parroquia supo reconocer la incuestionable voluntad del torero tributándole una afectuosa ovación con saludos desde el tercio.

El sexto que cerraba plaza asomó por chiqueros envuelto en la polémica, protestado por unos tendidos que, con el rigor y la solera que caracterizan a Bilbao, exigían mayor arboladura y trapío por delante al ejemplar de La Quinta. Trató de apaciguar los ánimos Tomás Rufo estirándose con el percal, logrando cincelar un manojo de estimables y muy buenas verónicas de recibo. En el tercio de varas, el picador José María González cumplió el trámite recetando dos puyazos medidos, administrando el castigo en su justa proporción.

Ya con la pañosa, el prólogo del toledano resultó de una vibración electrizante. Con la rodilla genuflexa y hundida en la oscura arena de Vista Alegre, Rufo sometió la embestida por soberbios y poderosos doblones por bajo, preñados de torería y dominio. Una vez erguida la figura, brotó el toreo al natural: trazos profundos, diáfanos y de una limpieza cristalina, con el diestro girando estoicamente y encajado sobre el eje inamovible de su zapatilla derecha.

El toreo en redondo sobre la diestra mantuvo la misma largura y empaque en su concepción, pero a la acometida del cárdeno le faltó el fuego de la casta. La obra, pulcra y ciertamente meritoria, se fue diluyendo ante la insipidez del animal, discurriendo sin hallar el necesario eco de la transmisión en los graderíos. Tras enterrar el acero con una estocada de inmejorable y certera colocación, el público supo reconocer el tesón y las buenas maneras de Tomás Rufo tributándole un postrero silencio que puso el punto y final a la tarde.

FICHA DEL FESTEJO

Bilbao (Vizcaya). Cuarta de Feria. Toros de La Quinta para Emilio de Justo (Tabaco y oro), Román (Azafata y oro) y Tomás Rufo (Gris plomo y oro). Un tercio.

Emilio de Justo, Silencio y Ovación con saludos

Román, Oreja y Ovación con saludos desde el tercio

Tomás Rufo, Silencio y Silencio

FOTOGALERÍA

 

Bilbao 26-08-2026

 

SORTEO

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