NOVILLADA SIN PICADORES

Torería de dos orillas en Deba: el pozo charro de Noel García y la gracia hispalense de Armando Rojo

Novillada sin picadores en Deba (Guipúzcoa)
martes, 18 de agosto de 2026 · 21:01

Se abrió la tarde con un saludo capotero en el que Noel García meció las verónicas de recibo con exquisito temple y lentitud. Tras el brindis al cónclave, no hubo probaturas ni tiempos muertos. La peculiar y atípica geometría rectangular del coso apenas concede concesiones topográficas ni esconde terrenos, por lo que el salmantino le presentó la muleta en un palmo, pronto y en la mano.

Y allí, sin preámbulos, germinó un toreo diestro de tremenda hondura. Enjaretó las series rotundo, hundido en sus riñones, con el mentón anclado en el pecho y destilando el gusto caro de las bellas formas.

Tenía delante un soberbio ejemplar de La Ventana del Puerto que fue un auténtico manantial de clase. Rebosaba nobleza y suprema calidad en cada viaje. Y el salmantino tuvo el pulso, la firmeza y el temple para gobernar ese caudal de exigente embestida con una pulcritud inmaculada, sin consentir que los flecos de la pañosa tropezaran la gloria.

Pero la cumbre de la obra floreció al natural. Los trazos acariciaban el morro del animal desde la larga distancia, enganchándolo muy adelante para llevarlo embebido hasta detrás de la cintura, exprimiendo la elasticidad del talle y ofreciendo siempre un toque levísimo, tocado por la varita de la suavidad.

Abrochó el trasteo por ceñidísimas y angustiosas manoletinas antes de perfilarse a matar. La suerte suprema, siempre dictando sentencia. Un inoportuno claudicar del novillo en pleno embroque derivó en un pinchazo previo a un segundo encuentro en el que viajó una estocada letal, aunque desprendida. Cayó la oreja para el torero como justo premio a su concepto, y los honores póstumos de la vuelta al ruedo en el arrastre para el extraordinario ejemplar de La Ventana del Puerto.

El peaje implacable de los aceros le robó a Noel García la merecida rotundidad de un triunfo mayor.

Saltó a la arena el segundo, un ejemplar de irreprochable lámina y seria estampa. Lo saludó Armando Rojo dejando, aquí y allá, retazos de su personalísimo corte en varias verónicas sueltas, pero preñadas de enjundia. Tras el preceptivo brindis al respetable, la apertura del trasteo fue un continuo destilar de torería.

Había en la actitud del sevillano ese empaque gallardo, esa arrogancia torera —bendita chulería, tan añorada en la asepsia de los tiempos que corren— que perfumó la escena desde el primer cite.

La arquitectura de la faena encontró su fundamento y su cima en el pitón izquierdo. Por ahí florecieron naturales de trazo exquisito, donde el sello innegociable fue el pecho siempre ofrecido, acompañando el viaje del animal con la majestad rítmica de quien respira y siente la escuela sevillana por los cuatro costados.

Había un gusto exquisito en cada muletazo, sí, pero sobre todo latía una personalidad desbordante, un aroma que no se compra ni se ensaya. Frente a él, otro gran novillo, poseedor de una clase excelsa y una fijeza superior a su hermano, desprovisto de cualquier querencia o instinto de fuga.

El epílogo, cincelado con unos ayudados por alto de subidos quilates, poseyó el sabor de las suertes añejas. Pero la tragedia y el triunfo, que en el toreo bailan sobre el filo de una espada, le dieron la espalda en la rúbrica.

Tras un primer pinchazo, el sevillano se tiró a ley, entregando el pecho a aquel kafkiano dilema del matar o morir. Dejó un espadazo en toda la yema, pero salió prendido del embroque, llevándose un puntazo aparente y el vestido rasgado de pura verdad.

Cuando la obra merecía el calor del triunfo, el destino le tenía reservado un agónico vía crucis. La cruceta se convirtió en un muro de las lamentaciones. Siete golpes de descabello necesitó para atronar al noble animal, un suplicio que hizo trizas el clímax de la tarde. Sonaron dos avisos, como lentas campanas de luto para una faena de pellizco, y la torería derramada quedó sepultada bajo el frío peso del silencio.

El tercero de la tarde saltó a la arena y encontró a un Noel García dispuesto, que lo saludó desplegando un variado e imaginativo recibo capotero para fijar la atención de los tendidos. Hubo espacio en el tercio para que el sobresaliente, Rubén Núñez, dejara su firma estampada en un quite cincelado por verónicas de buen compás.

Pero la verdadera dimensión de la lidia se calibró con la franela. La faena se anunció pronto como una exigente papeleta. El salmantino se vio en la obligación de encauzar, a base de pulso, tragar y técnica, unas embestidas que, si bien llevaban el motor de la bravura, venían emponzoñadas con un derrote seco y violento en el epílogo del viaje.

No era animal de confianzas. En uno de esos ásperos embroques, el novillo prendió al espada, cobrándose un peaje en forma de porrazo severo y sordo que, por obra y gracia del milagro, no llegó a desgarrar las carnes ni a calar en la taleguilla.

Sin mirarse el vestido, con la hombría de quienes asumen el crudo tributo de esta profesión, el torero volvió a la cara de la fiera. Y fue entonces, en el fragor de la batalla, cuando desmayó la zurda para extraer naturales de un trazo exquisito, rebosantes de buen gusto.

Hay en este muchacho, forjado en la inagotable fragua de La Glorieta, un poso que invita a la esperanza. Destila por los poros ese inconfundible y recio aire charro, un clasicismo sobrio, campero y hondo que, tristemente, parece estar en vías de extinción en esta época de toreo uniformado.

A medida que avanzaban los minutos, el astado se orientaba, tornándose cada vez más complejo y reservón. Noel García, lejos de dar un paso atrás, bajó la mano, amarró las zapatillas y dictó sentencia con una tanda de derechazos imperiosos y mandones, auténticos pases de dominio para gobernar la embestida y dejar patente quién mandaba en el ruedo.

La tizona, que viajó trasera y tendida, dilató el epílogo. Precisó del verduguillo, con el que marró en un primer intento antes de encontrar el acierto al segundo golpe. Sonó un recado presidencial en forma de aviso antes de que la plaza rompiera en una ovación, justo tributo a la firmeza, la torería y la pura verdad de su actuación.

Saltó al ruedo el cuarto de la tarde luciendo por delante dos auténticas guadañas, unas puntas de alarmante seriedad que sobrecogían el ánimo, más aún tratándose de una novillada sin el castigo de los del castoreño. Su condición, huraña y deslucida de salida, clausuró de tajo cualquier atisbo de lucimiento capotero, negándose a regalar una sola embestida en los vuelos del percal.

Tras brindar al cónclave, Armando Rojo se quedó a solas con la cruda realidad. Se topó de bruces con un animal de extrema complejidad, acobardado y atrincherado en sus marcadas querencias. No había entrega alguna en el astado, que desarrolló una acometida informal, a ese engañoso y cansino tran tran, soltando la cara en el viaje y cabeceando con una barbaridad de genio defensivo.

La papeleta, desde luego, no era baladí. Viendo que el toreo fundamental era una quimera, el sevillano no volvió la cara y tiró de fondo, sacando a relucir un maduro catálogo de aptitudes lidiadoras.

Construyó una labor sorda, de tragar paquete, tapándole celosamente la salida en cada muletazo, perdiéndole pasos y dejándole la muleta en la cara para abortar la constante tentación de fuga del animal hacia el refugio de las tablas. Un ejercicio de poder y cabeza.

Apuró hasta la última gota del áspero trasteo abrochando su sincera obra con unas manoletinas de indudable mérito, jugándose las femorales ante el pavoroso escaparate del novillo.

La suerte suprema, siempre esquiva en las tardes de compromiso, se saldó con un pinchazo y una estocada tendida, que requirió del uso de la cruceta para finiquitar al manso con un certero golpe de gracia. Sonó un aviso desde el palco, prólogo de una ovación sentida y cabal; el justo reconocimiento de una afición que supo leer el esfuerzo lidiador de un torero que no se dejó ganar la pelea.

Ficha del festejo

Deba (Guipúzcoa) .- Entrada: lleno con cartel de “No hay billetes” con novillos de La Ventana del Puerto.

Noel García, de blanco y oro: oreja y ovación tras aviso.

Armando Rojo, de celeste y oro: silencio tras dos avisos y ovación tras aviso.

 

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