SEMANA GRANDE 2026

Castella echa el telón a la Semana Grande donostiarra paseando la única oreja de la tarde

Toros de Alcurrucén para Sebastián Castella, Alejandro Talavante y Roca Rey
sábado, 15 de agosto de 2026 · 13:59

Saltó al ruedo el abreplaza, una bellísima lámina con el hierro de Alcurrucén. Un auténtico cuadro de proporciones perfectas que, sin embargo, delató su alarmante justeza de fuerzas desde que asomó por chiqueros. En el peto, Manuel José Bernal administró el castigo en dos encuentros; si el primero tuvo su severidad, el segundo midió con tacto y alquimia la mermada pujanza del astado. Llegó el tercio de banderillas y con él, la torería desbordante de José Chacón. Brilló con luz propia el lidiador, cuadrando en la cara dos pares soberbios que, por pura ley, le obligaron a desmonterarse bajo el cálido reconocimiento del cónclave.

Sin el preludio del brindis, Sebastián Castella rompió las hostilidades. Lo hizo exigiéndole por abajo, sometiendo la embestida en unos doblones de mando absoluto. Tenía el toro una prontitud que quemaba, tanta que en los albores del trasteo llegó a ganarle la acción, adelantándose a los toques del francés y atropellando la razón por momentos. Pero latía en el animal un fondo de nobleza inagotable, una clase a raudales que Castella terminó por atemperar. El galo, asentadas las zapatillas y con esa verticalidad tan suya, fue cincelando series de derechazos rotundos, de trazo largo, hondo y poderoso. Una obra de innegable argumento e importancia para desperezar la tarde. Epilogó el trasteo en los terrenos de cercanías, girando en redondo para abrochar con un desplante desarmado. Lástima que la rúbrica no estuviera a la altura del lienzo: una estocada que viajó caída en su cuasi totalidad y un golpe marrado con el verduguillo antes del acierto definitivo, dejando el merecido premio reducido a una fuerte ovación con saludos desde el tercio.

Saltó a la arena el segundo de la tarde, un ejemplar serio y armado por delante, al que Alejandro Talavante saludó meciendo los vuelos del capote en unas verónicas de acompasado son. En el tercio de varas, Miguel Ángel Muñoz dejó un primer encuentro en forma de leve picotazo, para luego rectificar y administrar un segundo puyazo de mayor y más severa romana. El tercio de banderillas se tornó en un auténtico vía crucis para Javier Ambel, que pasó un verdadero calvario al no poder cuadrar en la cara de un ‘alcurrucén’ convertido en estatua de sal. Tuvo que desatar el nudo Manuel Izquierdo, resolviendo la papeleta con dos pares de puro oficio, echándose literalmente encima de la inmovilidad del astado para dejar los palos.

Ahorró el brindis el extremeño y descorchó su obra con lances por alto, hilvanando un trasteo que iría tomando vuelo, claramente de menos a más. Adolecía el astado de transmisión; pasaba y obedecía, sí, pero sin esa chispa que cala en los tendidos, obligando a Talavante a poner sobre la arena toda la enjundia que le faltaba a su oponente. Inteligente, el pacense lo llevó acariciándolo a media altura, administrando los tiempos y sin forzar en ningún momento la máquina. A punto sobrevino el drama en un trazo diestro donde el animal acortó el viaje, un trance comprometido que Alejandro solventó con una pasmosa frialdad y recursos de figura. De ahí en adelante, la mano zurda dictó los pasajes más deslumbrantes de la lidia. Brotaron naturales largos, rotundos y hasta el final de la cadera, con Talavante tirando de los vuelos para tratar de alargar hasta el infinito un viaje de absoluta línea recta. La rúbrica llegó con la espada: una estocada que viajó caída, pero que resultó de efectos letales y fulminantes. El respetable supo calibrar la disposición y el pulso del matador, premiando la labor con una cálida ovación con saludos desde el tercio.

Asomó por los chiqueros el tercero de la tarde, marcando desde su irrupción en el ruedo un tranco descompuesto y un son, cuando menos, desconcertante. La extrañeza de su anatomía motriz se hacía patente al rematar sus carreras: al frenar su ímpetu, el animal derrapaba, arrastrando los cuartos traseros en una estampa tan atípica como, en el fondo, intrascendente para el desarrollo de la lidia. Sin embargo, bastó aquel peculiar frenazo para que el cónclave, presa de una absurda histeria colectiva, se erigiera en tribunal supremo y exigiera a gritos la aparición del pañuelo verde. Y el usía, cediendo cobardemente a las presiones del populismo de la grada en lugar de aplicar el rigor del reglamento, consumó el disparate. Asomó el moquero para ordenar una devolución a los corrales absolutamente bochornosa, un auténtico atropello a la razón desprovisto del más mínimo sentido taurino.

Saltó a la arena el tercero bis —que por derecho debía haber hecho sexto al haberse corrido turno—, un animal remiso de salida que en los primeros compases no quiso saber absolutamente nada de los terrenos del cóndor peruano. Tuvo que ser el propio limeño quien saliera a buscarlo a sus dominios, ganándole la acción para terminar endosándole alguna verónica de acompasado y rítmico temple. En el tercio de varas, Sergio Molina manejó el castigo con suprema inteligencia, recetando dos puyazos administrados en su justa medida y ejecutados exactamente en la yema. Con los garapullos volvió a destapar el tarro de las esencias Viruta, brillando con tanta rotundidad que la plaza le obligó a saludar, montera en mano, la ovación de los tendidos. Ya con la pañosa, la obra del peruano estuvo presidida de principio a fin por una abismal largura. Arrancó en el tercio, anclando las zapatillas en la arena para pasárselo por estatuarios, impávido y sin ceder un milímetro, un prólogo que ya presagiaba una faena de cante grande. Dueño y señor en los medios, desgranó series de derechazos hondísimos, de un trazo larguísimo, vaciando la embestida allá donde se acaba el mundo y llevando al astado cosidísimo a los vuelos, muy toreado siempre. Posteriormente, al echarse el engaño a la zurda, la historia no perdió intensidad, brotando naturales exigentes y tirando de la res hasta el final de la cadera.

Pero fue en el epílogo donde la caldera terminó de reventar. Illumbe se puso literalmente boca abajo con un carrusel de circulares en redondo, un dominio apabullante rematado con desplantes de insolente seguridad que hicieron vibrar los cimientos de la plaza donostiarra. Abrochó el trasteo con unas bernardinas de absoluto infarto, pasándose los pitones a milímetros de la taleguilla, preludio de una estocada de ejecución impecable. Parecía que el doble trofeo era innegociable, pero las musas de la suerte suprema le dieron la espalda. Se atascó de mala manera con el verduguillo, emborronando su rotunda autoridad con hasta seis descabellos. El gran triunfo se esfumó entre las brumas del acero, quedando la epopeya reducida a una ovación con saludos tras escuchar el doble recado presidencial de los avisos.

Asomó por toriles el cuarto, un animal deslucido de salida y de comportamiento errático que, a simple vista, sembraba un mar de dudas y en nada presagiaba las mieles del triunfo. El tercio de varas transcurrió como un mero y burocrático trámite, sin pena ni gloria. Y ahí radicó el misterio de la tauromaquia: donde el cónclave, la capa, el peto y los garapullos solo auguraban espesa oscuridad, la clarividencia lidiadora de Sebastián Castella vislumbró el resquicio de la luz. Brindó al respetable, ancló las zapatillas en la arena y desató el asombro. Inició el trasteo por estatuarios de auténtico infarto, hierático y literalmente imantado a la arena, pasándose al astado por la faja para dejar, acto seguido, un cambiado por la espalda de soberbio mérito. El graderío contuvo el aliento y dejó escapar más de un pavoroso rumor; el galo, convertido en un pilar de mármol, aguantó estoico las tarascadas y los secos derrotes del de Alcurrucén, limando las asperezas y encauzando el viaje con el toque prodigioso de la pañosa.

La arquitectura de la faena tuvo dos cumbres cristalinas en su prólogo y su epílogo, pues el núcleo de la obra adoleció de eco en los tendidos. Durante ese ecuador del trasteo faltó la transmisión, ese picante y esa chispa de bravura que tantas veces atesora este hierro y que es, precisamente, el combustible que insufla vida a la tauromaquia del diestro francés. Consciente de ese valle de intensidad, Castella quemó las naves en el tramo final, acortando las distancias e invadiendo los terrenos del toro. Se metió entre los pitones, pasándose a la res por la espalda y firmando unos desplantes de inverosímil valor, rozando los pitones, dotando a toda su labor de un mérito incuestionable. La rúbrica llegó con el acero: una estocada cobrada en todo lo alto y en el sitio exacto, que dio paso a una agónica muerte de bravo, de las que dignifican el ruedo. El usía asomó el pañuelo blanco, concediendo una más que trabajada oreja.

Saltó a la arena el quinto del encierro, un animal de nulas virtudes de salida que no concedió ni el más mínimo resquicio para el lucimiento y la armonía de capa. El tránsito por el peto se resolvió en un trío de encuentros, despachando un primer y leve picotazo que sirvió de antesala a dos puyazos posteriores de mayor entidad. Brindó Alejandro Talavante al respetable y se echó a los terrenos del tercio con la clara intención de someter al astado mediante exigentes doblones. Pero en el primer cite, sobrevino el zarpazo de la tragedia: el animal hizo por él y lo prendió de forma sobrecogedora, volando el torero por los aires en un trance agónico del que emergió, de forma verdaderamente providencial, sin el tabaco que ya se adivinaba en la plaza. Un susto tremebundo que heló la sangre de los tendidos.

Lejos de amilanarse, repuesto del tremendo impacto y con el pulso intacto, el extremeño armó la muleta en su mano superior, esa zurda que tantas páginas de gloria ha escrito. Asiendo la pañosa por la mismísima cruz del estaquillador, buscó gobernar la acometida y tirar de la res, intentando llevar la descastada embestida hasta el mismísimo final del viaje. Sin embargo, el esfuerzo de Talavante topó con el insalvable muro de la sosería; la obra adoleció de la emoción indispensable, faltó vibración y se ausentó por completo esa chispa que enciende el fervor de los tendidos. El epílogo con los aceros no encontró la perfección, dejando una estocada de ejecución defectuosa que viajó caída y tendida. El cónclave, consciente de la disposición del diestro y del amargo trago pasado en el inicio de faena, le tributó su reconocimiento con una cariñosa ovación con saludos.

Cerró la tarde el sexto, cortado por el mismo y deslucido patrón de sus hermanos, un animal de plomiza condición que cerró a cal y canto cualquier resquicio para la gloria. En el peto, José Manuel Quinta administró el castigo con pulso de cirujano, recetando dos puyazos medidos y en su justa proporción. Montera en mano, brindó el limeño al respetable. El prólogo de la faena no entendió de probaturas; a base de tirones lidiadores y de mando, el peruano sacó a su oponente a los medios para plantear allí la batalla. En esa geografía brotaron los primeros pasajes sobre la diestra frente a un astado renuente a descolgar, que jamás quiso humillar y que, con áspera sequedad, regateaba el recorrido quedándose a un palmo de los vuelos, escatimando el final del trazo.

La verdadera dimensión de la obra emergió al natural. Echándose la pañosa a la siniestra y cruzándose al pitón contrario con una insultante superioridad, tiró de la embestida desde el mismo morrillo. Aprovechando su imponente envergadura física, gobernó el viaje para exprimir cada arrancada y conducirla lo más lejos posible, exprimiendo agua del pozo seco de un toro remiso. Abrochó el trasteo en los terrenos de asfixia, allí donde el oxígeno escasea, encadenando un carrusel de circulares de incuestionable mérito. Fiel a su inquebrantable idiosincrasia, culminó el epílogo con un desplante desarmado, arrojando los trastos con esa arrogancia y ese valor tan genuinos, tan en la incontestable línea de Roca Rey. La rúbrica llegó en forma de una estocada cobrada en todo lo alto, que requirió del uso certero del verduguillo para finiquitar al astado. El público de Illumbe, agradecido al titánico esfuerzo del espada frente al muro de la sosería, le tributó una calurosa ovación con saludos desde el tercio.

 

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FICHA:

San Sebastián (País Vasco) .- Tercera de la Semana Grande 2026 con toros de Alcurrucén para Sebastián Castella, Alejandro Talavante y Roca Rey. Entrada: Media plaza.

Sebastián Castella, Ovación con saludos y Oreja;

Alejandro Talavante, Ovación con saludos y Ovación con saludos:

Roca Rey, Ovación tras dos avisos y Ovación con saludos;

 

 

 

 

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