FESTEJOS
Cátedra al natural de un Luque imperial en la Semana Grande donostiarra
Toros de Carmen Lorenzo y Garcigrande para Guillermo Hermoso de Mendoza, José María Manzanares y Daniel Luque
Al abreplaza, un ejemplar de Carmen Lorenzo con las fuerzas cogidas con alfileres, lo recibió Guillermo Hermoso de Mendoza a lomos de "Jíbaro". Administró el navarro un único rejón de castigo, pero lo hizo con la pureza de batir de frente y desde la lejanía. Huyó de ese ventajismo de la grupa y la media vuelta que tanto vulgariza el rejoneo de nuestros días; toda una declaración de principios frente a un animal que pedía temple y no exigencias.
Y entonces emergió la alquimia de "Berlín", el caballo cumbre. Con él llegó la magia y una expresión torera de altísimo vuelo. Guillermo hilvanó unas hermosinas de antología, galopando a dos pistas por toda la circunferencia del inmenso anillo de Illumbe, llevando los pitones lamiendo los costados en un prodigio de ajuste y despaciosidad.
La intensidad de la obra mantuvo el diapasón sobre "Pasodoble", atacando de frente y con rectitud para dejar dos banderillas de poder a poder de indiscutible verdad. El epílogo se firmó en las cercanías, a lomos de "Quemarropa", pisando terrenos comprometidos para clavar tres cortas en un palmo y abrochar con una rosa.
A la hora de la verdad, un inoportuno pinchazo tropezó con el hierro del castigo, precediendo a un rejón en todo lo alto que requirió del definitivo golpe de verduguillo. La pulcritud y el clasicismo de la faena fueron reconocidos con una cálida ovación con saludos.
Saltó en segundo lugar al ruedo de Illumbe un ejemplar de Garcigrande de bochornosa presencia. Un animal cuajado de carnes, sí, pero de cabeza infame, con más morrillo que pitones; un astado escasamente tolerable para una plaza de tercera, a todas luces indigno del rigor y la categoría de este coso. Por si fuera poco el déficit de trapío, Juan Carlos Sánchez le administró en el peto dos puyazos de una severidad extrema, un castigo a todas luces desmedido que terminó de vaciar las ya justísimas energías del burel.
Con la espada montada, José María Manzanares se lo llevó por alto hacia los medios con torera prestancia. Allí se topó con la cruda realidad del de Garcigrande: una evidente invalidez que se traducía en embestidas descompuestas, ásperas y sin entrega. El alicantino, tirando de inteligencia y oficio, se vio forzado a empapar las acometidas a media altura, conduciendo el viaje en línea recta para sostener a la res y evitar que rodara por la arena.
Pese a la rotunda precariedad del material, la faena cobró intensidad por la vía de la expresión. Manzanares derramó sentimiento y empaque en su quehacer, robando derechazos de indiscutible mérito en los que tuvo que aguantar, con la planta firme y el aplomo intacto, los inciertos derrotes de un toro que jamás embistió con franqueza ni clase.
El manejo de los aceros emborronó el epílogo de la obra. Tras dejar una estocada casi entera de buena colocación, cobró en el segundo encuentro una estocada tendida que hizo inevitable el uso del descabello, resuelto con un certero golpe de verduguillo. Sonó un aviso antes de que el público le tributara una cariñosa ovación con saludos, reconociendo la estética y el esfuerzo frente a la mansedumbre.
El tercero de la tarde devolvió el decoro ganadero a los corrales de Illumbe. Más serio y ofensivo que su predecesor, astifino y con los pitones desafiando al cielo, se topó de salida con el buen gusto de Daniel Luque, que lo saludó meciendo el capote en unas verónicas de excelente trazo. En el peto, 'Jabato' administró la suerte con rigor, dejando dos puyazos medidos, exactamente en su sitio.
Sin preámbulos ni brindis, el de Gerena impuso su ley desde el primer compás. Con lidiadora eficacia, lo sacó a tirones hasta los medios. Y allí, en el epicentro del anillo donostiarra, arrancó una prórroga de la incontestable soberanía que ya había dictado la víspera. Fue un monólogo cimentado en el poder, el poder y más poder.
El de Garcigrande escondía bajo su estampa un peligro sordo y agazapado. Era un animal renuente, que jamás terminaba el viaje, quedándose corto y escudriñando la anatomía del torero a mitad del trazo, negando cualquier facilidad para el lucimiento. Pero Luque le tragó un mundo. Impartió una verdadera cátedra lidiadora, un tratado de cómo gobernar lo ingobernable. Donde cualquiera habría visto un callejón sin salida ante tanta amenaza, la privilegiada cabeza del sevillano inventó la faena. A base de tragar quina, robó naturales de mano rastrera y de un relajo inverosímil frente a semejante papeleta.
Vencido y rajado por la tiranía de la muleta, el animal cantó su mansedumbre y se atrincheró en las tablas. Lejos de aliviar la suerte, Luque se metió con él en la querencia, pisando esos terrenos minados frente a las maderas de donde el toro ni quería ni podía salir. Allí mismo, en un alarde de tremendo mérito, se volcó para dejar una estocada casi entera de inmejorable colocación y efectos letales. La petición de oreja asomó con fuerza en los tendidos, quedando el premio, tras la negativa del palco, en una rotunda y maciza ovación con saludos.
El cuarto capítulo de la tarde devolvió el argumento a la disciplina del rejoneo. A lomos de "Nómada", Guillermo Hermoso de Mendoza saludó al segundo de su lote, del hierro de Carmen Lorenzo, cobrando un primer rejón de castigo con el infortunio de que la hoja se desprendió, quedando el palo entero prendido en el lomo del animal.
La obra comenzó a tomar vuelo en el tercio de banderillas montando a "Navegante". Guillermo apostó por la pureza, citando desde las lejanías y otorgando al astado el aire y las distancias necesarias. Dejó dos palos de poder a poder de indudable mérito, abrochando las suertes con ceñidas hermosinas y templadas galopadas a dos pistas. Hubo, no obstante, un par de pasadas en falso, fruto de la condición un tanto engañosa del astado, que se guardaba las embestidas y obligaba a rectificar.
La irrupción de "Quinientos" aportó aires de novedad a la faena. Se trata de una cabalgadura de extremada elegancia, distinta y muy reseñable, con la que el navarro clavó dos banderillas de rotundo impacto. Se prodigó en piruetas a la salida de la cara, pisando terrenos tan comprometidos que los pitones llegaron a rozar al equino. Faltó, quizá, esa pulcritud inmaculada tan característica en las cabalgadas de Guillermo y que sí brotó en su primero, pero es de estricta justicia subrayar las complejidades del oponente, un toro áspero que embestía a oleadas y pegando bruscos acelerones.
El epílogo de la faena elevó el diapasón de la emoción de la mano de "Alquimista", un portentoso caballo 'todotercio' de absoluta solvencia. Con él, pisando los terrenos de cercanías, dejó dos rosas de impecable colocación y firmó un par a dos manos de exposición máxima, dejándose llegar mucho la cara del toro.
Un rejonazo en todo lo alto, que precisó de la rúbrica de un certero golpe de verduguillo para que el toro doblara, puso el punto final a una actuación de mucha entrega. El público, agradecido por la disposición de Hermoso de Mendoza ante las exigencias de su lote, exigió el trofeo y la presidencia asomó el pañuelo para conceder la oreja.
El quinto, de irreprochable presentación, cerró de salida cualquier resquicio al lucimiento capotero de José María Manzanares, inédito con el percal. La suerte de varas discurrió bajo la dureza del palo de Paco María, que recetó dos severos puyazos que ahondaron en la pesadumbre del animal. El contrapunto de brillantez y torería en los primeros tercios lo puso la plata de Diego Vicente, soberbio con los palitroques, viéndose justamente obligado a saludar montera en mano ante los tendidos de Illumbe.
Armado con la pañosa, el alicantino rompió hostilidades genuflexo, echándose por delante al toro en toreros doblones para sacarlo más allá de las dos rayas. Pero al pisar los medios, la cruda realidad del burel afloró como un muro: un pozo seco. Negado y renuente, el astado rehusaba tomar los vuelos, obligando a Manzanares a multiplicar los cites y la porfía para arrancar, a duras penas, una embestida descompuesta. Cuando el viaje se producía, llegaba carente de franqueza y preñado de ese peligro sordo y áspero propio de los animales que se orientan a la defensiva.
No había cera que arder. Ante semejante marmolillo, vaciado de casta y desprovisto de raza, el cónclave donostiarra entendió que el trasteo carecía de futuro y comenzó a pedir abreviaturas. El diestro, con el buen criterio que dicta el oficio, no alargó la agonía de lo imposible. Entró a matar para recetar una estocada casi entera que pasaportó al manso, cobrando finalmente una generosa ovación con saludos que premió la rectitud y el decoro frente a la desoladora vaciedad de su oponente.
El sexto, de seria estampa, permitió a Daniel Luque descorchar el tarro de las esencias con el capote. Surgieron verónicas mecidas, preñadas de compás y cadencia, durmiendo el percal en los vuelos con una suavidad pasmosa. En el peto, 'El Patilla' administró el castigo en su justa medida, recetando dos varas perfectamente dosificadas. La eclosión de torería en el segundo tercio llevó la firma de Antonio Manuel Punta. Soberbio el de plata, desmonterándose bajo la ovación tras cuadrar dos pares de absoluta exposición, repitiendo la gesta y el saludo montera en mano que ya protagonizara en la tarde de ayer.
Tras brindar al cónclave donostiarra, Luque desató un magisterio incontestable. Frente a él, un astado que atesoraba la virtud de la clase y el motor de la codicia, el socio perfecto para un torero que atraviesa un momento dulce, rotundo, sencillamente imperial. El sevillano ha cuajado una Aste Nagusi en Illumbe para el recuerdo. La faena se cimentó de inmediato sobre la horma del poder y la inmensa largura del trazo, sometiendo por abajo las acometidas.
La cumbre de la obra llegó al natural. Luque dictó el toreo zurdo con una profundidad abisal, enroscándose la embestida a la faja, vaciando los muletazos detrás de la cadera con un buen hacer prodigioso. Y como adorno a tanta hondura, brotaba la arrogancia del desplante torerísimo en la misma cara del burel, sabiéndose dueño y señor de la escena.
El epílogo fue una apoteosis de dominio. Exprimió al animal por unas luquesinas de tremendo impacto visual, ceñidísimas, coronando el arrimón con un desplante a cuerpo limpio, desarmado, que culminó depositando un beso en la misma testuz del astado; el sello estético y definitivo de quien anuncia: "hasta aquí, el duelo ha terminado".
Viajó la tizona en un primer encuentro cobrando una media estocada, preludio de un espadazo letal hasta la bola de fulminantes efectos. Aquel primer infortunio con los aceros le esfumó la segunda oreja, dejando el merecido premio en un único apéndice de ley que rubrica una feria colosal para el diestro de Gerena.
FICHA:
San Sebastián (Guipúzcoa). Toros de Carmen Lorenzo y Garcigrande para Guillermo Hermoso de Mendoza, José María Manzanares (Nazareno y oro) y Daniel Luque (Crudo y oro). Media plaza
Guillermo Hermoso de Mendoza, Ovación con saludos y Oreja
José María Manzanares, Ovación con saludos y Ovación con saludos
Daniel Luque, Ovación con saludos y Oreja
FOTOGALERÍA