SAN SEBASTIÁN
Luque pasea su insultante momento por Illumbe en una tarde de nobleza sin chispa
Rompió plaza un ejemplar de Zalduendo de impecable lámina, serio por delante y cuajado en sus carnes, que honraba la categoría del ruedo. Lo saludó Diego Urdiales, con la pátina de su toreo añejo, recetándole un manojo de verónicas sueltas, mecidas con el compás de quien saborea el trazo clásico. En el peto, Pedro Iturralde administró el castigo en dos varas, despuntando la primera por su excelsa colocación.
Cuando la pañosa tomó el relevo, el riojano topó de bruces con la cruda realidad de un astado irremediablemente huérfano de transmisión. Pasaba el animal por allí, adivinando una clase latente, pero lastrado por una preocupante carencia de raza y chispa. Arañó Urdiales algún derechazo de exquisita factura y empaque, destilando torería, mas al echarse la tela a la zurda el panorama se ensombreció. Requería el natural tragar quina ante una embestida que se tornó descompuesta y de áspero embroque.
La obra se diluyó en un trasteo de uno en uno frente a un animal que a duras penas se sostenía en pie, desfondado y vacío de poder. Pecó la faena de una extensión acaso injustificada, un empeño baldío ante la ausencia total de materia prima, por mucho que el diestro de Arnedo porfiara en robar muletazos diestros a un pozo seco que jamás logró calentar los tendidos.
Pasaportó a la res con una estocada en buen sitio de la que el animal, falto de celo hasta para morir, tardó en doblar. Un espeso silencio rubricó el capítulo.
Saltó en segundo lugar un toro de amplias hechuras y mucha caja, aunque de sienes más estrechas y expresión más justa por delante. Lo meció Daniel Luque en el capote, recetando un ramillete de verónicas de saludo con el mentón encajado y las plantas asentadas. Midió la sangría en el peto 'El Patilla', administrando la puya en su justa medida, sin un solo exceso. Adquirió luego dimensión de gran tercio el de banderillas, donde brillaron con luz propia Antonio Manuel Punta y Jesús Arruga; tres pares cuadrando en la cara y dejándolos en todo lo alto les obligaron a desmonterarse bajo el unánime reconocimiento del cónclave.
Tras brindar a los tendidos, el de Gerena prologó su obra con unos doblones por abajo genuflexos. Un inicio de tremenda intensidad y largura que sirvió para someter y enseñar el camino al animal. Ya en la inmensidad de los medios, la faena cobró vuelo al amparo de un poderío incontestable. El astado regaló embestidas bañadas en nobleza y clase, a las que tan solo les faltó un puntito más de transmisión para romper de verdad. Mas la carencia la suplió Luque con su apabullante momento. El sevillano dictó una lección de capacidad absoluta, obligando y tirando de la res con una hondura soberbia. El toreo fundamental brotó rotundo, especialmente sobre la diestra, por donde crujió al toro en series largas, despaciosas y de mano baja.
Con el animal ya totalmente expropiado de su voluntad, abrochó el trasteo metido entre los pitones con el carrusel de las luquesinas, ceñidas y pasmosas por su insultante facilidad. Viajó la espada para dejar una estocada casi entera que cayó un punto trasera. El pañuelo asomó en el palco para conceder una oreja de peso al aplastante magisterio de Luque.
De innegable cuajo y seriedad, si bien demandaba un punto más de remate y astifina expresión en las palas de sus pitones, saltó a la arena el tercero de la tarde. En el saludo capotero, Jiménez apenas pudo desperezarse, recetando alguna verónica suelta sin llegar a gobernar del todo el celo del animal. En varas un leve castigo ejerció Tito Sandoval.
En el tercio, como un mástil clavado en la arena, el diestro ofició un inicio por estatuarios por alto. Prometía la escena, pero pronto el astado sacó a relucir la tara general del encierro: una alarmante orfandad de picante y carbón. Embistió el de Zalduendo con el son de la nobleza, pero totalmente vacío de contenido; pasaba el toro, sí, pero sus embestidas eran un eco sordo que transitaba por la inopia de lo que no transmite ni dice nada.
Frente a esa deslucida condición, Jiménez no escatimó un gramo de esfuerzo. Resolvió llevar a la res cosida en línea recta, apretándole de verdad por ambos pitones y sosteniendo el trasteo sobre su inconfundible y torerísimo encaje de riñones, pasándose al animal por la misma faja. Tanto le exigió y tan poco fondo guardaba el astado, que este acabó cantando la gallina y buscando descaradamente el cobijo manso de las tablas. En los terrenos de chiqueros, el espada rubricó su labor con unas manoletinas a modo de epílogo.
Apostó fuerte en la suerte suprema al citar en la arriesgada suerte de recibir, tropezando con el hueso en el primer envite. Tras el pinchazo, enterró el acero dejando una estocada de trayectoria algo perpendicular, aunque depositada en buen sitio. Fiel a su apagada condición, el morlaco se tragó la muerte y tardó en doblar. Tras sonar el preceptivo aviso, Jiménez recogió una sentida ovación desde el tercio, justo reconocimiento a su innegable firmeza ante un pozo vacío.
Asomó por la puerta de chiqueros el cuarto de la tarde al paso, remiso y con esa frialdad de manso que nunca presagia nada bueno. Pese a la mortecina salida del animal, el capote de Diego Urdiales acudió al rescate para mecer el engaño y regalar unas verónicas templadísimas, preñadas de gusto y de ese inconfundible sabor añejo que atesora la expresión del riojano. En el tercio de varas, Manuel Quinta recetó un primer puyazo de severo castigo que terminó por ahondar en la desgana del astado, limitándose a medir el hierro en el segundo encuentro.
Brindó Urdiales al respetable en los medios, un gesto donde se adivinaba mucha más disposición y torería que verdaderas opciones de triunfo. Y el espejismo duró exactamente lo que tarda un suspiro. Tras descorchar la obra con algún derechazo de trazo largo y esperanzador, el panorama se tornó abruptamente cuesta arriba. El toro bajó la persiana y no quiso saber absolutamente nada de la pañosa, un marmolillo claudicante que llegó a amagar con echarse a la arena, completamente vacío de casta.
Lo intentó todo el de Arnedo, recurriendo a la voz y a toques más bruscos para intentar despertar a un animal muerto en vida, pero fue una quimera. Era el epílogo de la nada. Con el gesto contrariado de la más absoluta impotencia —la de quien tiene el toreo en la cabeza y choca de bruces contra una pared—, no le quedó más remedio que abreviar.
Montó la espada para dejar una estocada de buena ejecución. El cónclave, sabedor de la nula materia prima y de la injusticia del lote, le obligó a saludar una cariñosa y respetuosa ovación; el escueto consuelo para el torero que quiso todo y no tuvo nada delante.
Saltó en quinto lugar el ejemplar de más menguado trapío de toda la tarde. Un astado abrochado por delante, de mermada expresión y escasa presencia, que lógicamente cerró cualquier resquicio al lucimiento de capa. El tercio de varas transitó por el sendero del despropósito: el piquero 'Jabato' le recetó un primer puyazo a todas luces excesivo, un castigo desmedido que terminó por vaciar el escaso fondo del endeble animal, para luego administrar un mero picotazo de trámite en el segundo encuentro.
Llegado el turno de la pañosa, Daniel Luque no tuvo más remedio que enfundarse la bata de enfermero mayor. Frente a un toro prendido con alfileres, desfondado y en el límite de la invalidez, el sevillano destapó el tarro de la alquimia taurina. Comenzó a robarle derechazos a media altura, sin obligar nunca por abajo, gobernando la tela con la suavidad del que acaricia cristal. Fue una faena cimentada en el pulso clínico y la soberbia inteligencia de los toques milimétricos, sosteniendo milagrosamente en pie a las ruinas de un astado.
El mérito del de Gerena adquirió entonces una dimensión superlativa: dictó una magistral lección lidiadora, obrando el prodigio de meter en el canasto a un animal que, literalmente, no tenía nada dentro. A base de ciencia, temple y un conocimiento absoluto de los terrenos, Luque fue poco a poco tirando de la res hasta lograr el imposible de alargar el viaje de una embestida moribunda, arañando muletazos donde solo habitaba el vacío.
Con el de Zalduendo totalmente rendido a su incontestable magisterio, perfiló la tizona y dejó una estocada de buena colocación y efecto. Tras sonar el aviso, el palco concedió una oreja que premia la madurez, la cabeza y la capacidad lidiadora de un torero capaz de esculpir una obra de la nada.
Cerró plaza un sexto de seria expresión, veleto y muy astifino, enseñando las puntas al cielo. Poco o nada regaló de salida, dejando a Jiménez inédito con las sedas y sin la más mínima opción de estirarse o lucirse con el capote. Puso orden en el tercio de varas Vicente González, manejando el castigo con buen tino para administrar dos puyazos en su justa y cabal medida.
Con la montera en la mano brindó el diestro al público, conjurándose para lo que estaba por venir. Calcando el prólogo de su primer turno, se ancló en el tercio para descorchar la faena por hieráticos estatuarios y como un poste ante el viaje del astado. A partir de ahí, la obra se adentró de lleno en los agobiantes terrenos de la corta distancia. Fue un trasteo acusadamente encimista, de pisar la frontera del peligro; una labor donde Jiménez no perdió ni cedió apenas pasos, exigiéndole una barbaridad al toro, siempre cosido a la jurisdicción de los pitones.
En esa misma baldosa, germinó lo más deslumbrante de su actuación: al natural brotaron pases larguísimos, dictados a cámara lenta, de un trazo hondo, rítmico y despacioso. Al echarse la pañosa a la diestra, los muletazos tuvieron que nacer de uno en uno, pero estuvieron cargados de un asiento rotundo y un peso específico formidable. Por fin afloraba y daba la cara, en su más rotunda dimensión, ese Jiménez verdadero y firme que todo buen aficionado aguarda y celebra.
Coronó su epopeya acortando todavía más las distancias, literalmente inmerso en la cuna de los cuernos, con unos circulares de gran impacto. Cuando el triunfo parecía cuajado, el acero restó los honores. Dos pinchazos de irreprochable entrega precedieron a una estocada de trayectoria tendida que, sin embargo, resultó de efecto fulminante. Tras escuchar un recado presidencial, recogió una calidísima ovación desde el tercio; el merecido tributo a la entrega y a la verdad.
FICHA TÉCNICA
San Sebastián - Toros de Zalduendo para Diego Urdiales, Daniel Luque y Borja Jiménez.
Diego Urdiales, Silencio y Ovación
Daniel Luque, Oreja y Oreja
Borja Jiménez, Ovación desde el tercio y Ovación desde el tercio
FOTOGALERÍA