FERIA DE SAN PEDRO Y SAN PABLO 2026

El toreo grande de Emilio de Justo desemboca en la generosa amnistía de 'Zarandador' en el Coliseum

Toros de Juan Pedro Domecq para Morante de la Puebla, Emilio de Justo y Jarocho
martes, 30 de junio de 2026 · 13:08

Abrió el telón de la tercera de feria un ejemplar de presencia inaceptable, provisto de una cara más que cuestionable y desprovisto del más mínimo decoro que exige la seriedad de una plaza. Ya en los primeros lances de recibo, el astado dictó sentencia sobre su palmaria invalidez y su raquítico fondo físico, aunque el diestro de La Puebla del Río logró robarle un ramillete de templadas verónicas que parecieron un efímero espejismo en medio del desierto. El trámite en el peto, despachado por Ángel Rivas con un puyazo algo caído, terminó de desnudar la nula pujanza del animal. Con la franela montada, el Hijo Predilecto de Andalucía tuvo meridiana claridad desde el primer cite: en aquella ruina no habitaba la más mínima opción de triunfo ni resquicio para la estética. Morante desplegó entonces ese clásico y desangelado trasteo de aliño, un macheteo defensivo en el que el toro topa sistemáticamente contra las telas, renunciando a cualquier atisbo de lidia para marchar sin miramientos a por la espada de verdad.

La parroquia burgalesa, que no perdona ni la falta de material ni la desidia, estalló en una bronca monumental. El epílogo con los aceros fue el fiel y deslucido reflejo del despropósito general: un pinchazo previo a una media estocada perpetrada saliéndose de la suerte de manera descarada y sin el menor atisbo de fe. Una ruidosa salva de pitos acompañó al sevillano hasta sus dependencias en el repleto callejón burgalés.

Asomó en segundo lugar un ejemplar con mayor cuajo y una lámina mejor presentada que el impresentable abreplaza. Emilio de Justo lo saludó con un regusto muy torero, sacándolo hacia los medios perdiéndole pasos con el percal plegado a una mano. Sin embargo, el espejismo duró un suspiro y se diluyó irremediablemente en el peto. Tras recibir un levísimo puyazo que dejó al descubierto su alarmante escasez de fuerzas, el astado entonó prematuramente el cante de la mansedumbre. Fue una huida tan palmaria que el diestro extremeño, con el capote ya armado para instrumentar un quite por chicuelinas, se vio obligado a desistir ante la renuncia del animal. Con la montera apuntando al cielo en un emocionante brindis a la memoria del tan añorado Quino Monje, De Justo armó la muleta y pronto se percató de la cruda realidad: enfrente habitaba la nada absoluta. Su oponente era un manso de manual, un animal rajado y descastado que buscó con descaro y suma facilidad el cobarde refugio de las tablas.

Lejos de aliviar el trámite, el torero cacereño pisó el acelerador del pundonor y se fue a cazarlo a su querencia. Se metió en los asfixiantes terrenos de tablas para plantear la batalla, supliendo con firmeza de plantas la nula raza del astado. Enjaretó una labor de enorme mérito técnico y entrega, celando la embestida y tapándole cualquier rendija de salida. Brotaron derechazos de mucho pulso, engarzados con circulares en redondo y vistosos molinetes, construyendo una faena donde el extremeño puso, a base de oficio y tragar paquete, todo lo que le faltaba a su oponente. La obra, cimentada en la voluntad de hierro de De Justo, reclamaba un cierre contundente. El extremeño se perfiló y recetó una estocada de soberbia ejecución, apenas levemente trasera pero de efecto letal. El palco, calibrando el enorme esfuerzo lidiador para sostener y someter a semejante marmolillo, le concedió una oreja de innegable peso, mientras que los mulillas se llevaban en el arrastre al descastado burel bajo una merecida salva de pitos.

El tercero de la tarde trajo consigo una rotunda y visceral declaración de intenciones por parte de Jarocho. El diestro burgalés, en un alarde de ambición y yendo a contraestilo de su natural y clásico concepto lidiador, se marchó a la puerta de chiqueros para recibir al astado a portagayola. Una apuesta de hinojos que conectó de inmediato con su plaza. Tras un sutil y levísimo trámite en el caballo, el segundo tercio elevó las pulsaciones de El Plantío, conjugando la angustia del drama con la más absoluta brillantez.
El instante sobrecogedor llegó cuando Gómez Pascual perdió pie y resultó prendido tras tropezar en la mismísima cara del toro, cobrando una fea voltereta que, milagrosamente, se saldó sin aparentes consecuencias. La réplica de torería y hombría la firmó Gómez Escorial, quien asumió la responsabilidad de cuadrar un tercio meritorio: se hizo cargo de los tres pares y los clavó con una habilidad, asomo y exposición reseñables.

Ya con la pañosa armada, Jarocho brindó su labor a Alberto García, empresario del coso, dispuesto a justificar su vibrante saludo. Sin embargo, el de Juan Pedro Domecq pronto enseñó sus peores cartas. Lejos de la entrega esperada, el animal desarrolló una embestida brusca, descompuesta y carente del más mínimo celo. Ante semejante orfandad de clase, el burgalés porfió por imponer su trasteo de corte clásico, logrando extraer a cuentagotas detalles de innegable belleza y apostura. Pero la obra, irremediablemente, nunca pudo despegar. La agria condición del 'juampedro' y su tornillazo defensivo deslucieron el tesón del espada, provocando constantes e inevitables enganchones que terminaron por marchitar la limpieza de los trazos. El infortunio se prolongó a la hora de la suerte suprema; el torero se atascó con el acero, recetando hasta cuatro pinchazos antes de volcarse para dejar, al límite del derrote, una estocada tendida. Un espeso silencio puso el telón a una actuación de mucha voluntad estrellada contra el muro de la descastada aspereza.

El cuarto de la tarde obró el milagro de la inspiración. Frente a un animal que ya apuntaba a la nada, Morante de la Puebla desmayó los brazos para saludarlo con un manojo de templadas verónicas mecidas con un gusto exquisito. Tras un paso puramente testimonial por el peto de Germán González, donde el castigo fue un mero suspiro para mantener en pie al endeble astado, el genio cigarrero volvió a la cara del toro para esculpir un quite por bellísimos delantales, abrochados de manera sublime con una media verónica de gran calidad. Con la pañosa en la mano, el sevillano izó el telón de su obra con una apostura majestuosa. Inició por alto, intercalando bellos ayudados con pintureros trincherazos, arrebatadores pases del desprecio y molinetes invertidos de una calidad suprema y una plasticidad asombrosa. Semejante derroche estético fue, en puridad, un milagro inventado de la nada, pues enfrente habitaba un ejemplar absolutamente descastado y vacío por dentro. Todo, absolutamente todo, lo puso el torero.

Consciente de la orfandad de casta de su oponente, Morante armó el grueso de su faena sobre el pitón derecho. Inteligente y dominador, le tapó todas las salidas al manso, dejándole la muleta en la cara para dictar una soberana cátedra lidiadora. Cada muletazo era un prodigio de pulso y celo para sostener el raquítico fondo del animal. Para abrochar la labor, se abandonó al natural y, a pies juntos, regaló una postrera serie de muletazos zurdos rebosantes de torería y naturalidad. A la hora de la verdad, rubricó su magisterio con una estocada caída. Aun así, el palco no tuvo más remedio que conceder una oreja, desoyendo una fortísima petición de la segunda por parte de un cónclave totalmente entregado a la insobornable torería del sevillano.

Asomó por la puerta de los sustos el quinto, bautizado como "Zarandador", herrado con la divisa de Juan Pedro Domecq. Emilio de Justo lo saludó meciendo los vuelos del percal en unos bellísimos delantales, preludio de un paso por el caballo que acabaría siendo el nudo gordiano del posterior despropósito: un levísimo e intrascendente picotazo que dejó completamente inédita la bravura del animal en el peto. El cacereño, sintiendo el material que tenía entre manos, replicó ágil por un ajustado y gustoso quite en el que alternó chicuelinas y gaoneras.

Tras brindar al respetable, De Justo firmó el mejor inicio de muleta de toda la feria. Rotundo y exigente, dictó derechazos larguísimos a un astado que destapó una prontitud desbordante y una inusitada codicia por devorar la sarga. La obra brotó extraordinaria, rebosante de hondura, de trazo profundo y de un gusto exquisito. El de Juan Pedro se transmutó en un auténtico orfebre de embestidas, regalando un manantial de clase y ritmo picante que permitió al extremeño desmayarse en unos naturales sencillamente soberbios. Hasta aquí, el relato de una faena rotunda frente a un astado de virtudes excepcionales en el último tercio, indiscutible merecedor de la póstuma vuelta al ruedo. Pero entonces, la seriedad del coso se despeñó por el barranco del esperpento. Alentada por el festivo y acrítico bullicio de las peñas, comenzó a prender en el tendido la desmedida petición del indulto. Se reclamaba la vida para un astado que jamás dio la talla donde se calibra la casta verdadera: bajo el hierro del picador.

Lo que sobrevino fue una bochornosa pantomima. El matador, erigido en cómplice y director del sainete, llegó a montar la espada y abortar la suerte suprema hasta en siete sonrojantes ocasiones. De Justo forzó la máquina, cruzando miradas constantes con la presidencia para arrancar una claudicación que su propia conciencia taurina sabía excesiva. El usía, prisionero del pánico escénico y rehén de la algarabía, secuestró el reloj de la plaza y se tragó los avisos con el tiempo reglamentario más que rebasado. Finalmente, el palco sucumbió a la farsa y asomó el pañuelo naranja. Un perdón de rebajas, un clamor populista premiado con dos orejas y rabo simbólicos que dinamita el rigor de la categoría de la plaza. "Zarandador" volverá a las dehesas andaluzas amparado en su innegable y superlativa clase en la muleta, sí, pero bajo la alargada sombra de no haber sido picado. Las peñas celebraron el regalo entre cánticos, mientras la pureza del toreo se marchaba, una vez más, abaratada e incomprendida.

Saltó a la arena el cierraplaza y, con él, la corrida recuperó de golpe la seriedad perdida. Fue, con abismal diferencia, el ejemplar mejor presentado, más cuajado y de más honda expresión de todo el encierro de Juan Pedro Domecq. Aunque su fría salida no regaló el más mínimo resquicio para el lucimiento capotero, el astado guardaba en su interior una lección de casta para enmendar la plana del bochorno anterior. En el tercio de varas, el animal puso sobre el albero exactamente aquello de lo que había carecido el toro indultado: bravura y poder. Se empleó a fondo, empujó con los riñones bajo el peto, llegó a derribar a la cabalgadura y tomó dos varas de auténtica verdad, reconciliando momentáneamente a la plaza con la insobornable liturgia del primer tercio.

Sabedor de la responsabilidad ante sus paisanos y espoleado por el ambiente, Jarocho brindó al respetable y clavó las rodillas en la arena. Descorchó su labor de hinojos, citando para firmar unos bellísimos y arriesgados ayudados por alto que prometían elevar la intensidad del epílogo burgalés. Sin embargo, el espejismo se quebró en mil pedazos al ganar la jurisdicción de los medios. Allí, el diestro local apostó por intentar ejecutar el toreo puro y de trazo largo, pero se dio de bruces contra un muro de hormigón. El 'juampedro', que lo había dejado todo en el caballo, se vació de contenido; huérfano del más mínimo celo y desprovisto de clase, desarrolló una aspereza infame, derrotando con auténtica saña y violencia al final de cada pase.

Poco o nada pudo rascar Jarocho frente a semejante prenda, asumiendo con amargura que había pechado con el peor y más agrio lote del sorteo. Frente a la nula entrega de su oponente, el trasteo fue un ejercicio de impotencia y voluntad estrellada. A la hora de la suerte suprema, cobró un pinchazo previo a una estocada caída. El Plantío, sabedor de la insalvable papeleta que le había tocado en suerte, le obligó a recoger una cálida ovación que premió, por encima de todo, su incuestionable actitud.

 

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FICHA TÉCNICA

Burgos .- Tercera de la Feria de San Pedro y San Pablo 2026 con toros de Juan Pedro Domecq para Morante de la Puebla, Emilio de Justo y Jarocho. Entrada: Lleno de 'No Hay Billetes'

Morante de la Puebla, Pitos y Oreja;

Emilio de Justo, Oreja y Dos orejas y rabo;

Jarocho, Silencio y Ovación;

SORTEO

Orden de lidia completo de los toros de Juan Pedro Domecq para esta tarde en Burgos, tercera de abono. Trenzarán el paseíllo Morante de la Puebla, Emilio de Justo y Jarocho  a partir de las seis y media.

La venta de entradas continúa disponible en las taquillas de la plaza de toros y en la página web oficial de la empresa www.tauroemocion.es